jueves, 19 de enero de 2017

Una nueva vida

Acto I:
Te amaré como creo que se debe amar: con desespero, con urgencia, con el afán de abarcar tu panorama y de entregarme totalmente a tus deseos. Seré el caballero andante de tus novelas leídas, si es que lees. Seré tu sombra y te propondré que seas la mía. Serás mi vida.

Acto II:
No te puedo amar como te prometí. Aunque el afán y la urgencia marcan mi camino, el desespero cambia su signo y ahora se deriva del sobresalto, de la incerteza, de la desconfianza de que alguien más me quitará este tesoro que encontré y que viene a completar mi existencia. A veces creo que no soy tu caballero, sintiendo a veces que soy, más bien, una clase de lacayo callejero que llegaste a mandar (no te ve visto leyendo). Aunque no he dejado de ser tu sombra, no creo que agradezcas el tremendo esfuerzo que supone. Mi vida ha cambiado mucho.

Acto III:
A veces me pregunto si te amo. Todo se enfría alrededor y me desespera llegar a casa. Ya no me importa tanto tu panorama… ni siquiera el mío. Tus deseos son una locura; cada vez se parecen más a una carta al Niño Jesús. Estoy entrando en huelga como obrero de tus construcciones sin visión, sin la esperanza de supervivencia. Solicitaré cabida en otros panoramas, eso sí, sin mucha exigencia, porque la vida es así. Definitivamente, no lees. La vida pasa y solo quiero que venga el futuro a salvarme de este lío.

Acto IV:
Ya no te amo. No eres lo que creí que eras. Qué desilusión y qué pérdida de tiempo y esfuerzo. Mi panorama comenzó tan lindo y ahora es todo un desfile de escombros. No queda ni la sombra de un comienzo apasionado, intenso, novedoso. Me entregué a quien no lo valoró. Estás muy lejos de ser lo que soñé.

Acto V:
Estremecimiento.

Acto único:
Te amaré como creo que se debe amar a cualquier ser humano: con respeto, con holgura, sin obligaciones, sin más expectativa que la paz. Seré yo mismo, sin caballos, sin corte, sin poses; sin esfuerzos, completo en mí mismo. Si lees, espero que lo disfrutes y me eches el cuento cuando sea de tu agrado. Trataré de recoger luces en mi camino. Ya no hay sombras. No me entregaré porque ya no entiendo qué significa eso. Dejaré algo de tiempo para disfrutar de mi panorama. No serás mía, serás tuya y me regalarás momentos que agradeceré. La pasión encierra el gozo, la sonrisa y hasta la carcajada, pero ahora tiene un rostro de calidad y cómoda sabiduría, sin sobresalto, consciente. Seremos parte de la vida sin futuro ni pasado, totalmente presente: Una nueva vida.

viernes, 8 de mayo de 2015

Oscar y Jaime


Oscar es ahora el presidente de una importante planta ensambladora de automóviles del país. Todos los logros personales y profesionales de Oscar pueden ojearse en cualquier momento. Su empresa, su familia, todo lo que lo rodea tiene ese sello distintivo del hombre que creció entre sueños y metas logradas.

Hace poco fuimos a conversar con su madre, quien nos confió:

­-Oscar siempre fue un muchacho inteligente, analítico… curioso él. Cuando su papá le traía los juguetes, los observaba por un rato y veía por dónde estaban las uniones, los tornillos, las palancas, y lograba desarmarlos con tal habilidad, con esa meticulosidad que nosotros, en ese momento, no entendíamos. Por supuesto, una vez desarmado el juguete, Oscarcito no sabía cómo armarlo de nuevo y se echaba a llorar. Era un niño muy lindo, muy gracioso.

Jaime no. Jaime creció en una familia con problemas que no podían ocultar. Entre los gritos y las indiferencias, no hacía más que ver por la ventana y cantaba una extraña canción mientras pasaba el rato. No aprendió a valorar nada nunca. Ahora, Jaime acaba de ser enviado de nuevo a la cárcel.

Hace poco fuimos a conversar con su madre, quien nos confió:

-Yo lo quería mucho, pero ese muchacho del carajo siempre fue un problema. Uno le daba comida, no quería comer; uno lo mandaba a estudiar y se desaparecía hasta tarde; uno le daba un juguete, y después de mirarlo como si fuese un desquiciado, lo tasajeaba por un lado y por el otro hasta que encontraba una rendija y lo partía en dos. Después de un ratico, el carajito ese ya había vuelto nada el carrito y como el propio loco, se ponía a llorar y llorar. Había que meterle su tatequieto para que se callara.

lunes, 6 de octubre de 2014

La Otra Muerte

LA OTRA MUERTE

Los años pasaron en medio de bajadas y subidas, de arrancadas y frenadas… y ni hablar de la contemplación enriquecedora. Entre riesgos no calculados, deudas crónicas, y de estados de ganancias y pérdidas de dinero, de momentos, de seres queridos y por querer.

Era un paquete muy grande para aprender a manejarlo todo a la vez. Ha sido inevitable ocuparse de una parcela de nuestra existencia, de tenerla verde y frondosa, mientras la otra se incendia o se convierte en desierto irrecuperable.

La pérdida física, conscientemente o no, se convierte en la espina definitiva que arrastraremos hasta que quien se vaya sea uno mismo, dejando el ingrato testigo a quien nos quiso y no entendió el momento de cierre, el final lógico, bien conocido y tan estúpidamente ignorado mientras se pudo.

Pero algo pasó. Algún cataclismo divino -si se quiere decir- modificó la forma de despedida. Un mensajero distinto de los que se habían previsto vino a traer la noticia. Se escribió en piedra y así será en adelante: La despedida de este mundo será  distinta.
Se explicó, desde el improvisado podio que se trataba de un milagro de último momento, que, en tiempos enrarecidos por las presuntas deudas sin pagar, vendría a poner algo de orden y tranquilidad a los espíritus de tormento perenne y silencioso que comenzaban cada uno de sus días con déficit de bienestar, con lágrimas malogradas.

Según dijo el mensajero, acomodándose los lentes de anciano, las muertes serían anunciadas con antelación. Se prescindiría de accidentes genéticos, de tránsito; de enfermedades “penosas” o pavosas y, en general, de cualquier episodio que cortase la existencia plena de facultades, con el fin de “dejar todo arreglado”, como se dice por ahí. Se entendía, según se desprendía del anuncio, que habría varios meses de anticipación, a partir de la señal dada, para que el proceso de despedida tuviese lugar de la mejor manera.

Cerrar ciclos. Ese era todo el cuento. Se acabarían todos los lamentos de los deudos, que rezaban “No hubo tiempo para decir lo que sentía”; si había alguna enemistad, habría ocasión para encaminarla al reencuentro. Sería, pues, como un examen de reparación, en el que se podría hacer el esfuerzo que no se hizo en el tiempos pasados, con el fin de, al menos, arrancar de estas tierras con una sonrisa de decencia, de dignidad, de sosiego, dando tiempo a que alguien amado tuviese la oportunidad de tomar nuestra mano cuando los latidos nos abandonen para siempre.

Respecto de la cuestión logística, “para finalizar” -concluía el enviado-, el deceso debía ocurrir en la habitación de residencia del llevado, en una silla, sillón o en la cama (viendo el Ávila, el Lago o el páramo o la llanura serían prerrogativas válidas). Se consideraría todo un logro si el último rictus fuese una sonrisa. Inmediatamente, el cuerpo físico desaparecería y quedaría un brillo en el cuarto, una estela de su olor particular en el sitio en el que amaneció durante tantos años, convirtiéndose el espacio en una morada de recuerdos, reflexión y comunicación ocasional con quien aprovechó el novedoso decreto.


Por último, se convertiría, al pasar de las décadas, los viejos cementerios en jardines de esparcimiento para los niños de la época, quienes tendrían más adelante la tarea de hacer una vida feliz y desenvuelta, de procesos fluidos y satisfactorios, dejando los viejos camposantos sólo como un triste recuerdo de quienes ya se nos habían ido y nos dejaron con la pesada espina, con el resentimiento, “con tantas cosas por decir”…

domingo, 19 de enero de 2014

Amén-ssenger

Después de salir el producto al mercado y lograr la conexión en esta nueva red…
-Hola, ¿estás ahí?
-Mmm…. mmm….mmmm…
-Epa, ¿me puedes contestar? Por favor…
Después de un silencio prolongado, se vió en pantalla: “Pedro está escribiendo…”
-Si
Dos lágrimas salieron y se le dibujó una sonrisa desesperada en la cara.
-De verdad… ¿estás ahí?
-Claro, mamita, soy yo y ya estoy bien.
No cesaban de brotar las lágrimas, pero ahora había un poco de sosiego.
-Y… ¿cómo es eso ahí? ¿hay mucha luz? ¿hay voces? Dime, ¿cómo es?
-Bueno, mamita, desde que llegué, después de… eso, del accidente, desperté y habían muchos interesados en mí. Me trataron muy bien, me contaron cosas que no sabía de mí, me contaron lo preocupados que los dejé allá.
-Si, así fue. Desde aquel día hemos extrañado mucho tu presencia en casa, tanto como te puedas imaginar. Eres muy importante para los que quedamos, y afortunadamente no quedó nada pendiente por decirte. Ahora dime, ¿cómo se “vive” por allá?
-Yo también los extraño muchísimo, pero yo si puedo verlos cuando quiera. Es una especie de fortuna que se me otorga aquí, por lo que nunca estoy muy lejos de ustedes. Por acá todavía no me acostumbro, pero tampoco puedo negar que hay tranquilidad, mucha paz. Hay algunos trámites administrativos en los que hay qué colaborar: ingresos, mantenimiento de cupos y hasta transferencias al “sótano” por falsa identidad o hipocresía crónica.
Si te imaginaras. Llega gente que no debía llegar, mientras que seguimos esperando a algunos que han burlado la voluntad divina muy hábilmente, valiéndose de la asistencia a misa cada domingo, o haciendo sus oraciones postizas cada cierto tiempo. Hay miembros que dejaron muchas cosas pendientes abajo y sólo se dedican a ayudar desde lejos.
-Pero, ¿y la justicia, la tranquilidad?
-Bueno, todo es relativo, incluso aquí. A pesar de que “el jefe” es infinitamente justo, debe delegar muchas tareas a los que llegamos luego, que, a decir verdad, seguimos pensando como humanos sin entender el nuevo privilegio.
El problema parece seguir siendo que aquí no hay una disciplina uniforme. No hay procedimientos exactos ni obligatorios. Aún existe la dificultad que brinda la voluntad propia y hasta la testarudez propia. Todavía aquí se leen constantemente las reglas (y con semejante jefe, se cumplen mucho más que allá abajo), pero siempre hay algo que hace de este, un buen sitio, aunque no libre totalmente de las equivocaciones, de los errores del ser humano.
Seguimos siendo imperfectos. Seguimos siendo la obra imperfecta del mismo autor, siempre susceptibles de perfeccionamiento. No hay mucha diferencia con la vida… tan lamentablemente como antes… tan maravillosamente mejorables como siempre.

jueves, 18 de julio de 2013

Mi vecino, el asesino


Todos se sorprendieron de ver que yo sacara ese cuchillo en plena reunión, aunque lo hiciera en defensa propia. “¡Yo sabía esa vaina, maldito loco!”, le grité mientras me acercaba de espaldas a la pared.
Yo sabía que mi vecino manifestaba cierta peligrosidad al saludar intermitemente, cuando salía de repente desde detrás de alguna columna del condominio sin decir palabra alguna; al escrutar a los pasantes cuando regresaban de sus trabajos desde un lado de las escaleras.
Sin embargo, decidí aceptar la invitación a la reunión a su apartamento, en el piso de arriba, exactamente encima de donde vivía, aunque al principio de pensar creí que me haría el loco y dejaría de ir a última hora.
Siempre había existido mi parecer de que el vecino se traía algo entre manos. Los extraños sonidos en la madrugada, los gemidos y gritos sordos, los muebles rodados y los golpeteos en momentos inadecuados para armar parapetos de predecible naturaleza retorcida, me hacían presumir de su salud mental.
Y ahí estaba yo, con un cuchillo cuadrado de picar carne, en medio de la sala poblada de vecinos y amigos del loco. Ignacio, el vecino, blandía un pica-papas seguramente usado en reuniones del pasado, dadas las manchas marrones rojizas de pellejo de otros seres, de guindochos de tejidos ya secos de los que no quitaba yo la mirada aterrorizada, pero bien resuelto a salir vivo de todo aquello.
-¿Qué te pasa vecino? - preguntó con su sonrisita de sicópata.
Yo, que casi no escuché nada, me movía sigilosamente alrededor de la mesa de sala que servía de eje de la lucha encarnizada por venir. La presidenta del condominio y la administradora del estacionamiento; la conserje y la chismosa del 5; el culito del 7 y el baboso de planta baja... apartándose y acomodándose con cierto temblor, y aún sin querer retirarse, todos miraban con placer disimulado la contienda inminente. 

sábado, 20 de abril de 2013

Aparición destructora


Era pura paja eso de mi tan cacareado autocontrol. Era una mentira urdida durante años y que se susurraba cada vez que una adorable mujer se acercaba a buscar pleito carnal. Yo ya despreciaba eso dejarme llevar como un pez anzolado por cualquier chica que apareciese durante mi adolescencia. Ya resultaba suficiente con los enredos y dolores de cabeza y corazón en los que me metí de joven como para seguir así toda la vida. Lectura, reflexión y preparación efectivas. Todo estaba bien, bien acorazado, bien garantizado.

Pero tú no estabas prevista. Entraste con todo ese maquillaje, esa faldita y ese escote con el cuerpo de baile de esa noche… y qué cuerpo era. Tus gestos para la coreografía iban tumbando mis defensas como si fuesen dientes flojos. La fugacidad de tu mirada rasante sobre mí bastó para abrir mis labios y quedar como el pendejo oculto que traía en la maleta.

No era esto lo que quería, pero qué coño. No supuse que el escenario de mis días de paz y tranquilidad se descalabraría de esta manera. Me supe  embustero, falso. Me sorprendí hablando paja de mundos interiores que bastaban para el resto de la vida. Ahí estaba yo, como juez severo, y a la vez, y como el tonto de la noche, sin poder quitarte los ojos de encima, sin poder articular plan de acción.

Mis años de avance se borraron y ahora me fijaba en una mujer de quien no conocía nada y que nada bueno me podría traer, dada la manera como se movía y besuqueaba a los del público. Terrible despertar en la noche, entre música de pinga, entre mis panas del alma.

Salí corriendo del sitio y aquí estoy, temblando, días después, tratando de armar algo de lo que había antes, algo con sentido llevadero, urgentemente, antes de encontrarte de nuevo en la calle y ofrecerte mis tesoros más escondidos.

viernes, 25 de enero de 2013

Yoga para damas


Había comenzado la clase de yoga para embarazadas y decidí sentarme a observar, aprovechando el día soleado y la frescura que dejaba el verde del parque. “Inhala, retén, y tocando la punta de los pies con los dedos, 1, 2, 3, calentando los tendones, exhala...”. La voz excesivamente suave de la mujer al frente de la clase no lograba sino apaciguar las tensiones de los asistentes, que entre respiraciones comedidas, sin apuro alguno, dejaban su costra de ciudad demolida en el césped.

-¿Es esta la clase de yoga para embarazadas? - preguntó una chica que entraba apurada al área de los bancos donde me encontraba.
-Parece que sí -le respondí-, a pesar de que hay tres caballeros.

La chica se mostró un tanto dubitativa en integrarse al grupo, e insistió:

- Pero yo no estoy embarazada -dijo con la ceja levantada.
- Pues diga que tiene tres semanas -le indiqué con picardía.

Un minuto más tarde, la recién llegada estaba en medio de los ejercicios.
“Inhala, sube los brazos como queriendo alcanzar una nube: 1, 2, 3, 4... exhala mientras doblas las rodillas suavemente... 1, 2, 3. Inhala...”
La instructora, que no lucía embarazada, movía sus extremidades mientras sus ojos las seguían en una armonía de ballet. De repente, la dama de mediana edad comenzó a cambiar un tanto su semblante, y dijo, en medio de su danza:

- Hasta aquí los ejercicios para embarazadas, pero para quienes no están cansadas todavía, tenemos yoga para mujeres recién dadas a luz -y cerrando los ojos prosiguió su cadencia de cuerpo y habla:
- Inhala... el niño ha dejado el vientre, 1, 2, 3, exhala. El niño llora, pero el amor sin medida de una madre se encargará. Inhala... de verdad que no se calla... qué ladilla, 1, 2, 3... exhala, mientras sientes que mereces algo mejor que este encierro... relaja...

A pesar de que la voz conservaba su docilidad, el rostro de la mujer se iba endureciendo a medida que avanzaba la clase, pasando inadvertidamente de un tema a otro.

- Adopta una posición recta, firme, incólume. Inhala, 1, 2, 3... Siente que eres una profesional, una mujer de armas tomar, un ser independiente que no necesita muletas en la vida.

Los ojos marrones de aquella dama miraban al cielo, entre los árboles, como buscando un blanco para pegarle con todas sus fuerzas vitales.

- Inhala, aprieta los puños y colócate en posición de ataque, 1, 2, 3. Exhala y trata de olvidar que el perro ese se fijó en otra y no te da las atenciones que te prometió al principio. Inhala y exhala rápido, para evitar que se te escape... exhala.

La audiencia comenzó a detener su danza de pretendida tranquilidad, de relajación y limpieza introspectiva a medida que la instructora desarrollaba esta etapa errática de su programa. Algunos todavía la seguían, sin dejar de advertir las posiciones ya marciales de la señora, porque “para algo vinimos”.

- Inhala como puedas, 1, 2, 3... piensa que puedes rehacer tu vida, que eres todavía linda e interesante... exhala. Levanta la punta del pié, y con una gran inhalación, dale una patada por el trasero al mundo, porque no vale la pena, porque es todo una basura... ¡EXHALA, COÑO!