jueves, 18 de julio de 2013

Mi vecino, el asesino


Todos se sorprendieron de ver que yo sacara ese cuchillo en plena reunión, aunque lo hiciera en defensa propia. “¡Yo sabía esa vaina, maldito loco!”, le grité mientras me acercaba de espaldas a la pared.
Yo sabía que mi vecino manifestaba cierta peligrosidad al saludar intermitemente, cuando salía de repente desde detrás de alguna columna del condominio sin decir palabra alguna; al escrutar a los pasantes cuando regresaban de sus trabajos desde un lado de las escaleras.
Sin embargo, decidí aceptar la invitación a la reunión a su apartamento, en el piso de arriba, exactamente encima de donde vivía, aunque al principio de pensar creí que me haría el loco y dejaría de ir a última hora.
Siempre había existido mi parecer de que el vecino se traía algo entre manos. Los extraños sonidos en la madrugada, los gemidos y gritos sordos, los muebles rodados y los golpeteos en momentos inadecuados para armar parapetos de predecible naturaleza retorcida, me hacían presumir de su salud mental.
Y ahí estaba yo, con un cuchillo cuadrado de picar carne, en medio de la sala poblada de vecinos y amigos del loco. Ignacio, el vecino, blandía un pica-papas seguramente usado en reuniones del pasado, dadas las manchas marrones rojizas de pellejo de otros seres, de guindochos de tejidos ya secos de los que no quitaba yo la mirada aterrorizada, pero bien resuelto a salir vivo de todo aquello.
-¿Qué te pasa vecino? - preguntó con su sonrisita de sicópata.
Yo, que casi no escuché nada, me movía sigilosamente alrededor de la mesa de sala que servía de eje de la lucha encarnizada por venir. La presidenta del condominio y la administradora del estacionamiento; la conserje y la chismosa del 5; el culito del 7 y el baboso de planta baja... apartándose y acomodándose con cierto temblor, y aún sin querer retirarse, todos miraban con placer disimulado la contienda inminente. 

sábado, 20 de abril de 2013

Aparición destructora


Era pura paja eso de mi tan cacareado autocontrol. Era una mentira urdida durante años y que se susurraba cada vez que una adorable mujer se acercaba a buscar pleito carnal. Yo ya despreciaba eso dejarme llevar como un pez anzolado por cualquier chica que apareciese durante mi adolescencia. Ya resultaba suficiente con los enredos y dolores de cabeza y corazón en los que me metí de joven como para seguir así toda la vida. Lectura, reflexión y preparación efectivas. Todo estaba bien, bien acorazado, bien garantizado.

Pero tú no estabas prevista. Entraste con todo ese maquillaje, esa faldita y ese escote con el cuerpo de baile de esa noche… y qué cuerpo era. Tus gestos para la coreografía iban tumbando mis defensas como si fuesen dientes flojos. La fugacidad de tu mirada rasante sobre mí bastó para abrir mis labios y quedar como el pendejo oculto que traía en la maleta.

No era esto lo que quería, pero qué coño. No supuse que el escenario de mis días de paz y tranquilidad se descalabraría de esta manera. Me supe  embustero, falso. Me sorprendí hablando paja de mundos interiores que bastaban para el resto de la vida. Ahí estaba yo, como juez severo, y a la vez, y como el tonto de la noche, sin poder quitarte los ojos de encima, sin poder articular plan de acción.

Mis años de avance se borraron y ahora me fijaba en una mujer de quien no conocía nada y que nada bueno me podría traer, dada la manera como se movía y besuqueaba a los del público. Terrible despertar en la noche, entre música de pinga, entre mis panas del alma.

Salí corriendo del sitio y aquí estoy, temblando, días después, tratando de armar algo de lo que había antes, algo con sentido llevadero, urgentemente, antes de encontrarte de nuevo en la calle y ofrecerte mis tesoros más escondidos.

viernes, 25 de enero de 2013

Yoga para damas


Había comenzado la clase de yoga para embarazadas y decidí sentarme a observar, aprovechando el día soleado y la frescura que dejaba el verde del parque. “Inhala, retén, y tocando la punta de los pies con los dedos, 1, 2, 3, calentando los tendones, exhala...”. La voz excesivamente suave de la mujer al frente de la clase no lograba sino apaciguar las tensiones de los asistentes, que entre respiraciones comedidas, sin apuro alguno, dejaban su costra de ciudad demolida en el césped.

-¿Es esta la clase de yoga para embarazadas? - preguntó una chica que entraba apurada al área de los bancos donde me encontraba.
-Parece que sí -le respondí-, a pesar de que hay tres caballeros.

La chica se mostró un tanto dubitativa en integrarse al grupo, e insistió:

- Pero yo no estoy embarazada -dijo con la ceja levantada.
- Pues diga que tiene tres semanas -le indiqué con picardía.

Un minuto más tarde, la recién llegada estaba en medio de los ejercicios.
“Inhala, sube los brazos como queriendo alcanzar una nube: 1, 2, 3, 4... exhala mientras doblas las rodillas suavemente... 1, 2, 3. Inhala...”
La instructora, que no lucía embarazada, movía sus extremidades mientras sus ojos las seguían en una armonía de ballet. De repente, la dama de mediana edad comenzó a cambiar un tanto su semblante, y dijo, en medio de su danza:

- Hasta aquí los ejercicios para embarazadas, pero para quienes no están cansadas todavía, tenemos yoga para mujeres recién dadas a luz -y cerrando los ojos prosiguió su cadencia de cuerpo y habla:
- Inhala... el niño ha dejado el vientre, 1, 2, 3, exhala. El niño llora, pero el amor sin medida de una madre se encargará. Inhala... de verdad que no se calla... qué ladilla, 1, 2, 3... exhala, mientras sientes que mereces algo mejor que este encierro... relaja...

A pesar de que la voz conservaba su docilidad, el rostro de la mujer se iba endureciendo a medida que avanzaba la clase, pasando inadvertidamente de un tema a otro.

- Adopta una posición recta, firme, incólume. Inhala, 1, 2, 3... Siente que eres una profesional, una mujer de armas tomar, un ser independiente que no necesita muletas en la vida.

Los ojos marrones de aquella dama miraban al cielo, entre los árboles, como buscando un blanco para pegarle con todas sus fuerzas vitales.

- Inhala, aprieta los puños y colócate en posición de ataque, 1, 2, 3. Exhala y trata de olvidar que el perro ese se fijó en otra y no te da las atenciones que te prometió al principio. Inhala y exhala rápido, para evitar que se te escape... exhala.

La audiencia comenzó a detener su danza de pretendida tranquilidad, de relajación y limpieza introspectiva a medida que la instructora desarrollaba esta etapa errática de su programa. Algunos todavía la seguían, sin dejar de advertir las posiciones ya marciales de la señora, porque “para algo vinimos”.

- Inhala como puedas, 1, 2, 3... piensa que puedes rehacer tu vida, que eres todavía linda e interesante... exhala. Levanta la punta del pié, y con una gran inhalación, dale una patada por el trasero al mundo, porque no vale la pena, porque es todo una basura... ¡EXHALA, COÑO!

jueves, 11 de octubre de 2012

El porqué de la promoción de Eusebio


Con las manos en la frente, el muy enojado dueño de la Empresa abre los ojos y grita:
-¡Qué vaina!... ¡Eusebiooo!
El humilde mensajero aparece por la puerta de la oficina del jefe y se para enfrente del escritorio, con cara de extrañeza.
-Diga, señor.
-Coño, Eusebio, de verdad que la cagaste esta vez. No puedes seguir trabajando con nosotros después de lo que hiciste. Lo lamento de verdad, pero tu negligencia me obliga...
-Pero, cónchale, ¿qué hice?
-Ah, ¿no sabes? Te lo voy a repasar: le entregaste la carta a quien no era y se armó el peo. ¡Ahora no sé qué hacer!
-¿Qué sobre? ¡Si yo lo que entregué fue una caja, creo que con la impresora; esa que desapareció misteriosamente de la tienda de su mejor amigo!
-Ejem... ¡No importa! La otra vez le llevaste una propuesta a Amanda Gámez, en lugar de a Armando Gómez, ¡y resulta que estaban compitiendo por la misma licitación!
-¡Eso es falso! Yo llevé el paquete al sitio indicado en el sobre. Es más, le tuve que decirle a la señorita Amanda, en otro de los viajes, que todo era un malentendido, y que más bien usted estaba muy interesado en conocerla mejor. ¿Por qué cree que luego aceptó salir con usted y Dios sabe qué pasó después en su apartamento de la playa?
El jefe, con la cabeza hacia el suelo, mira de reojo a Eusebio.
-Estem... pero aquel día faltaste medio día al trabajo y no avisaste. Eso si no me lo vas a negar...
-¡Por supuesto que avisé! Yo notifiqué oportunamente a la secretaria, como usted instrucciones había indicado. Lo que pasó fue que usted despidió a la secretaria, dicen por ahí que por pasarle a su amante en plena reunión con su esposa, a quien siempre le digo lo buena gente que es usted.
Devolviéndose del ventanal, como halando algo de su mente se le quedó mirando al mensajero, lo apuntó con el dedo y titubeando le dijo:
-Pero... pero... ¡ajá! Esta vez sí: La tarde aquella que te fuiste del trabajo sin decir nada, sin emergencia familiar ni nada. ¡Es más! Te vieron salir de aquí con unos tipos bien sospechosos... seguro tus amigotes, claaro.
-...Ahora sí es verdad. ¿Sabe una cosa? Esos tipos eran de la policía y lo venían a buscar a Ud. porque alguien de la oficina lo sapeó dizque tenía unas cajas con dólares en el escritorio y yo los llevé a un sitio lejos diciéndole que Ud. estaba fuera del edificio en ese momento. Así que más bien lo salvé.
-¿Ah? Ehm...
Levantándose de su silla y colocándole la mano en el hombro al mensajero
-En dos platos, Eusebio, quiero decirte que... que... que me siento muy complacido de tenerte como Gerente General de la Empresa... ¡Felicidades, amigo mío!


jueves, 6 de septiembre de 2012

Valla, valla...


Con la mano en el hombro de su jefe cabizbajo por los problemas financieros de la empresa, Hans intentaba inyectar nuevos bríos al dueño de aquel imperio de los tempranos años del siglo veinte.

-Mira, Karl, no te estés preocupando por ese bajón que experimentamos este trimestre. No creo que signifique que vamos al sótano, ni nada parecido. La gente confía en nuestros productos; sólo hay que mantenerlos interesados, pendientes.

Eran varios años los que habían estado estos dos hombres, hombro con hombro, uno dirigiendo aquel aparato genial de hacer dinero, y el otro como medio de apoyo en las decisiones, en las ideas tácticas que harían de las ocurrencias del jefe, un exitoso garrotazo al mercado.

-Hans, es algo impactante, no puedo salir del susto que me causa ver que los zapatos no se vendan en la magnitud que se venía proyectando. Entiende, algo pasa y no tenemos idea de lo que es –asentó vehemente el amable empresario-. La competencia está remontando y dicen por ahí que en algunos sitios sus ventas se burlan de las nuestras. Prefiero no saber –dijo sacudiendo la cabeza y mirando por la ventana.

En ese momento, el presidente, cargando con sus temores sordos, se levantó del sillón y desaparecieron detrás del golpe de puerta que dejó a Hans sólo, acomodándose en la poltrona preferida, frotándose los dedos, como tratando de sacar una solución urgente de sus manos inquietas, pero nada.

Amaneció Hans sobresaltado ese otro día del mes: se le había ocurrido una idea, algo que podría ayudar a aumentar las ventas de la empresa en algún grado, al menos en alguna minucia que aportara bienestar al ánimo de Karl, aquel hombre que se lanzó una aventura con el riesgo de quedar en la ruina, en el mayor de los ridículos ante sus detractores de siempre.

Entreabriendo la pesada puerta de madera finamente tallada, y sin mirar hacia adentro, preguntó con el respeto de siempre:

-¿Se puede entrar?
-Sí, Hans –respondió Karl, con voz amable, pero ausente.

Hans, con la emoción de la nueva idea, se sentó al borde de la poltrona, y afincando la mirada brillante en los ojos de quien lo miraba con las cejas ligeramente levantadas, elevó sus manos para dibujar en el aire:

-Karl, se me ocurrió algo que puede ayudarnos. Escucha.

Karl, quien reposaba en su sillón, inclinado y mirando algunas notas trasnochadas, se recostó en el espaldar y extendió su silencio para dejar hablar  a su asistente.
-Fíjate: anoche, mientras estaba descansando del día de trabajo, después de la cena, estuve pensando en alguna manera de sacar adelante la empresa y se me dibujó clarito, lo siguiente.

Hans se recostó en la poltrona y miró hacia el techo con los brazos extendidos, como abriendo el telón de una nueva historia.

­-Karl, vamos a imprimir nuestro símbolo en las ropas de la gente, como si les perteneciera de otra manera. Imagina nuestro querido garabato en las chaquetas, las camisas y hasta en los pantalones que usarán los ciudadanos mientras muestran sus prendas en las calles, cuando vayan de paseo, en sus reuniones de trabajo, de familia.

La madurez del empresario no atinaba a enganchar aún con las frases de novedad alborotada que se le presentaban en este momento. Miraba a Hans, volteaba al ventanal, golpeaba su carpeta con los dedos. Guiñando en desaprobación, Karl se acarició la barbilla con la mano y planteó con incisión:

-Sí, Hans, pero ¿cómo es eso de llevarlo por las calles? ¿Por qué nuestra sociedad, con su manera de ser, de actuar, en la que el nacionalismo y la familia son su primera prioridad querría vestir un símbolo que ni es familiar, ni es nacional, sino el dibujo que se nos ocurrió a ti y a mí para ganar dinero y fama?

-Coño, Karl, los tiempos han de cambiar. Yo pienso que esto de las empresas familiares, de valores definitivos, de esclavitud a las virtudes humanas se agotará en tiempos de tecnología y dejará muy pronto de rendir la rentabilidad que nos hemos planteado en la Empresa; y hay que tomar un rumbo innovador, distinto, efectivo, que nos saque de esta depresión –afirmaba Hans con la convicción que iba ganando a medida que elaboraba-… ¿o prefieres ir a la quiebra?

Karl, algo impactado, pero todavía sin hacerse a la idea, no dejaba de gestualizar con los labios, mientras escurría su mirada por entre las paredes.

-No lo sé, amigo mío –decía con cierto escepticismo, mientras evitaba la mirada de su asistente-. Siento que corremos el riesgo de quedar en ridículo, como faltos de respeto, y no voy a permitir que eso ocurra después de tantos años de esfuerzo, después de haber ganado la imagen de tradición y respeto que ahora ostentamos.

Pero Hans no se daba por vencido. Su idea le parecía buena y haría lo posible para que ésta calase en la cabeza de su testarudo jefe antes de perder las propias fuerzas. Como si su mano abierta halase a la razón, Hans golpeó el escritorio con la emoción creciente que venía en aumento:

-¡Karl! ¡No seas pesimista! –exclamó Hans ante la cara sorprendida de su mentor de tantos años-. No hay duda de que el ser humano, ante la crisis de identificación, de desarraigo a sus raíces, proyectará sus preferencias hacia lo más general, lo que más se guste en público, lo que conforme mayores grupos de preferencia; lo que más le apruebe a él y a su círculo familiar ante grupos de interés: está de anteojito. Mientras más te hablo de esto, más me convenzo de que así somos, y que en pocos años habrá miles, millones de personas vistiendo nuestro nombre, inflándose de orgullo, diciendo que pertenecen a ese grupo que reconoce lo bueno, lo mejor.

Karl, con mucha duda en sus ojos, no terminaba de acoger lo que le decía Hans. Sin embargo, después de rascar su cabeza en un gesto de aceptación, se recostó de nuevo en el espaldar y acotó:

-Mira, Hans, la verdad es que no me enamora mucho tu idea, pero veo tanta seguridad de tu parte, y no teniendo más opciones de la mía, le doy el visto bueno a tu planteamiento.

En un gesto casi de derrota, el presidente, atrapado por su misma falta de visión del futuro, se inclinó hacia su interlocutor, y apuntándolo con su mano, susurró:

-Haz lo que consideres necesario para sacarnos de la crisis. Instrumenta tu loca idea, aunque no creo que resulte: Nuestra gente tiene la suficiente estima como para andar por esas calles, en grupos entusiasmados, como si fuese cada uno de ellos un anuncio de propaganda comercial del que, ni siquiera, obtendrán beneficio alguno... ¿No te parece estúpido?

sábado, 1 de septiembre de 2012

Carta a Ramón, mi ejecutivo favorito



Buenos días, Ramón. Mucho gusto, de verdad... no sabes cuánto.

Ramón, la verdad es que necesitaba escribirte porque he estado viendo cosas bastante extrañas en tu comportamiento. Yo sé, por supuesto, que tú sabes cuál es cada una de ellas, pero me interesaban más las que tienen que ver con la gente que te rodea. He notado, desde mi nube gris, Ramón, que estás haciendo presiones más allá de lo permitido. Y déjame decirte: a mí también me gusta asomarle el sustico de vez en cuando a unos cuantos; y fíjate que ha dado buen resultado: No lo vuelven a hacer más.

Yo entiendo que ese bicho que tenemos en la cabeza y que nos empuja a imponernos, a obligar al resto a admitir que somos superiores, nos produce tal placer, tal logro, que quiero practicarlo contigo. Es de todos los libros y cuentos sabido que existen algunos complejos, algunas soledades, algunas faltas de correspondencia que coño, vale, nos hacen actuar de una manera, por decirlo elegante, excéntrica. También se podría inferir, Ramón, que tu conducta de presión indebida es consecuencia de maltratos recibidos -y causa de otros por recibir, Ramón-. Pero eso es otro tema.

Es interesante, sin embargo, el tipo de presión que usas tú, que como niño acomodado tiene para con el resto. Imagino que no duermes pensando qué harás mañana, cómo lo harás; de cómo imaginas el efecto de lo que harás en tu derredor. Pero como lo habrás vivido, Ramón, no todo sale como quieres. Hay cosas que se te escapan porque no eres bueno en lo que haces, y estás lejos de serlo; siempre dejas huecos observables, que te dejan en evidencia. Deberías avergonzarte de las lágrimas ajenas, Ramón, de los malestares ajenos, sobre todo si son causados por ti... Ramón.

Sólo quería dejarte el mensaje de que ambos compartimos ese gusto por el poder, pero en mi caso no es tan elegante y pueden surgir algunas cosas que se salgan de control, así como se te han salido a ti. Por eso, Ramón, te prevengo. Quiero ser tu mejor mentor en estos momentos en eso de ser superior a los demás, y decirte que si no lo vas a hacer bien, mejor no lo hagas: quedas mucho en ridículo y hasta podrías ser blanco de chistes, quedando el sumo funcionario como el hazmerreír de sus súbditos malogrados.

Te dejo por un rato, Ramón. Te seguiré observando, pero esta vez si te estaré notificando mis observaciones, y ¿quién quita?, nos podamos conocer pronto para conversar con todo el placer que la ocasión amerita.

Saludos, Ramón.

Alguien que, por razones obvias, no te puede admirar.

jueves, 30 de agosto de 2012

Entrevista con el sádico


Ya estaba lista para tomar el metro. El andén estaba repleto. Seguro me iban a arrugar el vestido que escogí para mi entrevista de trabajo de hoy. Aún estaba esperando por el resultado de dos entrevistas previas y no pensaba parar de intentar hasta conseguir algo que me gustase;total, no debería haber mucha dificultad para una joven profesional de 27 años.

Se detuvo el tren, abriendo sus puertas enfrente de mí. Salieron quienes llegaron y llegó el consabido estrujón de acomodo en el interior. Como es normal, el vagón era un amasijo de perfumes, murmullos y comentarios de poca monta. Miré a un lado y al otro y no había espacio dónde distender la presión en la que quedé, cosa que ocurriría dos o tres estaciones más adelante, cuando el zarandeo haría emparejar el cúmulo de transeúntes.

Respirando ya con calma, dejé colar la mirada entre la gente hasta llegar a una pareja que se besaba en ese momento. Ella, una linda joven, vestida de formalidad y pelo negro, aceptaba caricias furtivas de aquel hombre que rasgaba la madurez, y que, mirando a los lados con picardía y disimulo, tocaba con el revés de la mano el pecho y el pompis de la muchacha. Ella, en una mezcla de vergüenza y travesura, sonreía pelando los ojos, como advirtiendo: “¡nos van a ver!”.

Semejante bochinche permaneció durante varios minutos, y no pudiendo ocultar mi molestia por tal trastada en público; ante esa barbaridad que debería estar reservada para la intimidad, sólo esperaba que el tipo me mirase para torcerle los ojos en señal de desprecio. Afortunadamente, y ya para librarme ese antro de desvergüenza, llegué a mi estación; y mientras trataba de concentrarme en anticipar las cuestiones a responder en la próxima sesión laboral, tomé la escaleras mecánicas hasta la salida de la estación.

Una vez en la acera, fijé mi mirada en la inmensa torre a la que debía ingresar y presentar mi currículo. “Buenos días, señorita”, saludé a la recepcionista, “Vine a la entrevista de las 8. Aquí están mis papeles”. Con una sonrisa de mentira, la rubia tomó mis papeles y, según pude ver, escribió algo en el chat de su computadora. “Tome asiento”, me indicó. “Ya vienen a buscarla”.

Pasaron muy pocos minutos antes de que una señora entrada en años, alta y de muy buena presencia, saliera del pasillo repleto de pinturas al óleo: “¿Es Ud. la señorita Amanda Rízquez?”, preguntó. Asentí con la cabeza mientras la saludaba con la mano. “Pase por aquí”, me conminó, mientras me conducía a la sala de reuniones. “El licenciado Pacheco la atenderá en breve. Tome asiento que él sabe que Ud. está acá”.

Me senté en la más cercana de las quince sillas de aquella mesa pulida que llegaba hasta pared de cristal, desde la que se dejaba ver la ciudad. No aguanté la curiosidad de asomarme y me levanté enfrente del vidrio, sintiendo algo de vértigo ante la inmensidad del paisaje urbano.

“Buenos días, ¿Señorita Rízquez? Siéntese, por favor”, escuché desde detrás. Dejando las azoteas de los edificios vecinos, viré la cabeza hacia la entrada de la sala, donde la mitad del cuerpo del Sr. Pacheco se mostraba de espalda, mientras le daba una última instrucción a su secretaria y me hacía señas de esperar. Me senté cerca del ventanal, mientras ellos terminaban de hablar.

No recuerdo haber recibido una sorpresa parecida desde hacía muchos años. Cuando el susodicho Sr. Pacheco me dio la cara, con sonrisa y todo, con palabras que no atinaba a escuchar, descubrí que mi potencial empleador era el desvergonzado que venía en el metro, manoseando a aquella muchacha.

No escuché el saludo. No escuché las primeras de sus preguntas, seguramente relacionadas con un café o con el viaje a la oficina. Estaba yo estupefacta por la mala jugada del destino, mirando a aquel despreciable tipo que profería frases sin sonido, mientras él mismo comenzaba a notar que yo no le prestaba atención.

“Srta. Rízquez... ¡Srta. Rizquez!”, me inquiría mientras miraba en el fondo de mis ojos a ver si encontraba a alguien. De repente desperté de la andanada de asco que me invadió y comencé a escuchar sus palabras de inquietud: “Srta. Rízquez, ¿Qué le pasa?... ¡Matilde, trae agua por favor!”. En sólo segundos, entró la misma señora de hacía un rato, preocupada, con un vaso de agua y servilletas en sus manos.

Digerí la escena y traté de componerme de la manera más elegante y menos comprometida posible. El despreciable pervertido, con sus ojos claros y sus cejas excelentemente arregladas me ofrecía el vaso con agua mientras maromeaba en el borde de su silla. Tenía dos pensamientos recurrentes en mi mente atribulada: (1) esta corporación era una excelente oportunidad para mi carrera, para destacarme como miembro de esta firma, y (2) cómo podría yo trabajar para alguien con tan reprobable conducta. Dada la disyuntiva, decidí seguir adelante con la entrevista y luego, en el camino, tendría más calma para decidir si desechar la oportunidad o no.

“¿Está mejor?”, me preguntó una vez más. Tomé el vaso con agua y con una sonrisa nerviosa asentí y comencé a beber. “¿Qué le pasó? ¿Está enferma?”, preguntó con preocupación. Yo sabía que no podía aducir enfermedad, sobre todo si estaba en una entrevista de trabajo. Por supuesto, tampoco podría decirle: “No, chico, la verdad es que me dejaste timbrada cuando supe que tú eras el sádico del metro”.

“No. Lo que pasa es que tengo un familiar enfermo y eso me tiene bastante trastornada. Por favor, discúlpeme”. No sé si se tragó el cuento, pero al menos se incorporó en su asiento, recostándose con más tranquilidad en el espaldar. Tomó mis papeles y mientras los ojeaba de arriba abajo, me dijo:

-Bueno, me alivia que se haya repuesto de su trance temporal. Retomando la entrevista, Srta. Rízquez, estuve revisando su historial y aparentemente, a pesar de su corta edad ha logrado usted acumular la experiencia necesaria para el cargo que debemos establecer en la Gerencia. No sé si se haya enterado por los periódicos, pero estamos en un proceso de reacomodo, de reestructuración de nuestras empresas y necesitamos una persona joven, capaz y comprometida con los objetivos que la presidencia se ha trazado. Esta es una corporación con amplia tradición en el país y debemos ser cuidadosos es eso de conservar la imagen, Ud. Sabe (...)”.

Cuando nombró lo de la imagen, se vino de nuevo a la mente el momento en el vagón, cuando este “Ejecutivo” perpetraba lo que podría ser, según mi formación, un crimen. Mientras Pacheco conversaba en un lenguaje impecable acerca de la corporación, gesticulaba con mucha simpatía, moviendo sus manos excelentemente formadas, dibujando esquemas en el aire. Si no lo conociera como lo conozco, diría que es un hombre respetable y hasta encantador; pero ya lo conozco: es un asqueroso.

Yendo y viniendo entre la explicación de Pacheco y la escena en el tren, trataba de hilar las ideas para entender la oferta de trabajo y las expectativas que podría formularme en adelante.

Pacheco, terminando con su disertación de buenas prácticas de lo que sería la principal empresa de seguros del país, después de ojear la última página de mi currículo, me miró a los ojos y blandiendo una sonrisa, dijo:

-La verdad es que me parece que su perfil está bastante completo y nos satisfaría si aceptase nuestra oferta. ¿Qué le parece? ¿está interesada?

Ya hacía rato del incidente desagradable en el subsuelo citadino, y aunque no dejaba de zumbarme en el recuerdo la escenita, el rechazo había sido limado en algún grado por la presencia renovada y afable de aquel hombre, indudable ficha en esa organización de tal renombre.

Pensé en mi familia, en la satisfacción que les daría entrando a trabajar en aquella oficina, con todos los beneficios que ofrecía y con las proyecciones de progreso que podría yo barajar al pasar de los años. Puse, rápidamente, en una balanza todos los elementos a evaluar y me dije “Qué carajos: claro que sí”.

“Sí, Sr. Pacheco, estoy interesada”, dije, saliendo de la resignación y entrando en una onda de progreso. “En ese caso, bienvenida a la Organización”, asestó con una sonrisa amable. “La esperamos el lunes a las ocho de la mañana”. Ambos, sonreídos, nos levantamos de la mesa y nos dimos las manos con cierto entusiasmo y nervios de mi parte.

No sé por qué, pero en medio del saludo final, me pareció, por una fracción de segundo, que Pacheco estaba ejerciendo una presión indebida sobre mi mano, invocando, irremediablemente, la escena en el vagón. Halé mi mano con ira y le grite en su cara:

-¡Suéltame, sucio! No vas a hacer conmigo lo que hiciste con esa muchacha en el metro esta mañana. No vas a lograr abusar de mí como seguro abusas de las mujeres que están a tu alrededor, valiéndote de tu cargo y tu sarta de pendejadas corporativas. Conmigo no, delincuente sexual, ¡ni lo sueñes!

Pacheco me tomó por los hombros, y confundido, preguntó:
-¿Qué le pasa, Srta Rízquez, qué ha pasado?
-Yo te vi, yo sé de lo que eres capaz. Yo vi cuando manoseabas a esa muchacha en el tren. No tienes moral para hablar de imagen. Eres un descarado ¡Suéltame!

Tomé mi cartera, y terciándomela en el hombro, salí de aquella sala azotando la puerta y dejando a un Pacheco boquiabierto que no parecía entender nada. Enceguecida por la rabia, pasé por la recepción sin mirar a nadie, llegando al pasillo de ascensores, en el que caminaba de un lado a otro, rogando: “¡Llega, coño, llega, quiero salir ya de esta vaina!”.

Al llegar a la planta baja, corrí apurada para salir del edificio, cuando de pronto sonó mi celular. En medio de la acera y el bullicio, vi que el número era de un teléfono fijo. Sin pensarlo mucho, contesté:

-¡Buenos días!
-Buenos días, ¿es la Srta. Rizquez?
-Sí, ¿quién habla?
-Es Matilde, la secretaria del Licenciado Pacheco.

“Qué fastidio”, pensé, “¡yo lo que quiero es alejarme de todo esto!”
-¡Ajá, diga!
-El señor Pacheco le manda a decir que él no usa metro, que él llega todos los días en el helicóptero de la Empresa. Que tenga feliz día, señorita Rízquez”.