En medio de tanto trajín, de tanta corredera; en medio de los compromisos, voluntarios e involuntarios y el cansancio resultante; imbuido en este torbellino de cosas indeseadas por hacer, de insatisfacciones consecutivas y la odiosa pensadera… fíjate que se me olvidó respirar. En medio de cualquier trámite en internet, de la compra del pan y el jugo o de la cocción del arroz, un mareo pronunciado seguido de una tranca de la traquea, la apnea se hacía constante y con el uso de la voluntad para tan obvio menester, tenía que respirar adrede. Qué locura, ¿no? Al parecer, el sistema nervioso se echó las bolas al hombro y me dejó la vital tarea de respirar a mí solito, sin ayuda, sin aviso ni protesto. Solo respiraba involuntariamente cuando estaba dormido, pero no es una afirmación absoluta. En ocasiones, me despertaba en medio de una pesadilla sobrevenida de la asfixia. Ya hace algún tiempo de esta nueva modalidad, en la que debo revisar si estoy respirando o no y actuar. El hecho es que de alguna manera me he acostumbrado y hasta he notado que mis funciones se reactivan y se mantienen mejor mientras respiro a conciencia. Con el paso de los días, hasta he sentido que se ha hecho un hábito muy sano estar pendiente de los niveles de mi respiración y, como grata y confortable sorpresa, por estar en tal alerta vital, mis preocupaciones superficiales parecen haber tomado sus maletas e ido para el mismísimo carajo. Hoy he terminado de evaluar el beneficio. Ya vengo, voy al balcón a respirar aire fresco, mientras miro los alrededores.
Cuentos cortos de Leonardo Rothe C. Para textos breves, diríjase al blog elfaculto.blogspot.com. Para sugerencias, objeciones, protestas o propuestas, escribe a "leonardo.rothe@gmail.com" (for english version, see www.elfacultos.blogspot.com)
jueves, 5 de agosto de 2021
viernes, 28 de febrero de 2020
Indiferencia aparente
Pasó lo que te pasó y quedaste en ese estado
cercano a la indiferencia para con quienes te aman, con lo que te rodea. Hoy me
toca a mí estar a tu lado para cuidarte y atenderte por si lo necesitas. Siempre
te veo con la mirada perdida la mayor parte del día. Te levantas de tu cama y cumpliendo
con tu rutina intacta previa al accidente, te aseas, te vistes y comes. Ya no
conversas, sin embargo contestas con gestos breves o balbuceos a lo que se te plantea.
A veces
pareces no escuchar y llega a ser desesperante no saber qué quieres, qué
necesitas, qué te gustaría. En un momento dado te asomas un rato por la ventana
y miras lentamente de un lado a otro con cierta atención, con aparente interés.
Después de alguna merienda, sales al patio y saltas la vista entre los
arbustos, el árbol grande, el cielo y las montañas a lo lejos. A veces te
quedas dormido en tu silla de siempre, esa que usabas en las reuniones con tus
amigos, cuando podías compartir con los demás lo que llevabas por dentro.
Pero ahora
estás así, incomprensiblemente quieto, fomentando la desesperación entre nosotros,
poniéndonos a adivinar cuál será tu próximo movimiento, tu próxima necesidad a
cubrir, incluso, tu próxima necedad.
Pero algo
me resulta curioso. Hace poco vi un asomo de sonrisa en tu cara y me puse a
reflexionar sobre tu estado. Pensándolo bien, no ofreces ninguna señal de
sufrimiento, de incomodidad, de contrariedad. Aunque eres una presencia de diagnóstico
inexorable que se desliza lentamente por los confines de la casa, no haces
sonar alarmas reales de dificultad en ningún sentido. Recientemente he
comenzado a mirarnos y a mirarte, y veo que quienes están realmente compungidos
con esta situación, somos los llamados sanos, los que normalmente dominan las
situaciones; y en esa onda, no pude dejar de saber que quienes tenemos el drama
somos nosotros, no tú; que quienes sufrimos por una supuesta pérdida somos
nosotros, no tú.
Al parecer,
se nos hace imposible sentir que ahora estás bien, que disfrutas en silencio de
situaciones que nosotros no comprendemos, pero que sí existen; que tu piel y
tus ojos cuentan que estás incluso mejor de lo que estabas cuando estabas “bien”,
pero que aquí elegimos la tragedia como medio para lidiar con esto, y que si
uno se pone a ver, son circunstancias naturales de la vida de una persona y su
familia cuando sobreviene un acontecimiento importante.
Al día de
hoy, ya gané la seguridad de que a quienes hay que examinarle la cabeza es a
los deudos, quienes, a falta de conciencia, prefirieron la sorpresa fingida, la
lloradera y el desaliento como nuevo modo de vida; eso, hasta que el viejo los
libere con su ausencia definitiva. Vaya manera de solucionar…
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miércoles, 29 de enero de 2020
Angelitos en el banquillo
jueves, 28 de noviembre de 2019
No, no acepto
Despertóse el hombre de las cavernas ese 2 de abril, en el que todo le pareció mal. Miró al mamut que pasó a una distancia segura y pensó que si ese elefante fuera más pequeño, sería más fácil matarlo… aunque tocaría menos comida para cada uno. Luego de volar por su imaginación por unos instantes, se lamentó durante un rato. Después de ese rato, pudo ver a lo lejos un tigre dientes de sable y pensó que si ese tigre no tuviese esos dientes tan grandes, hasta comida fácil podría ser. Luego de volar por su imaginación por unos instantes, se lamentó durante un rato. Se metió más tarde en su casa último modelo y miró a su mujer y pensó que si él tuviese una mujer más bonita y voluptuosa, sería más feliz, que seguro sería una vida mucho más gozosa que la que le tocó y que a todas luces no le era suficiente. Bajó la vista y comenzó a verse las manos y las piernas y pensó que si fuese más alto y más fuerte, podría tener una caza mucho más provechosa. Luego de volar por su imaginación por unos instantes, se lamentó durante un rato. Esa noche, después de apagar el televisor, se durmió con lágrimas en los ojos al concluir que su vida resultó todo un fraude y que la mala suerte era la marca inobjetable de su existencia. Desde ese día el hombre aquel se levantaba frustrado y de mal humor en la mañana y sin ganas de cazar, comer o disfrutar de su familia. Pronto llegó el malestar y la enfermedad que se lo llevó finalmente. Estudios recientes asoman la idea de que el ser humano civilizado de ahora nació de aquel tipo que nunca aceptó las cosas como eran, sino que esperaba con demencia que lo que era no fuera, y que fuera todo según su expectativa necia y absurda.
jueves, 12 de septiembre de 2019
Se vino la montaña
Se vino
la montaña. Sin avisar con antelación, se vino. Todo lo que había a su paso, se
borró. Los habitantes a sus pies desaparecieron bajo el tierrero y el escombro
natural. Apenas se nota que hubo algo ahí debajo. Por encima del terraplén solo
sobresale la cruz y la campana, por un lado, y la cabeza de la estatua por el
otro. Al desaparecer el polvo producido por el gigantesco deslizamiento, quedó
un silencio nunca antes oído. La montaña se llevó a quien había alcanzado la
paz y a quien estaba preparado para recibir a la muerte. Se llevó al que vivía
distraído de la vida y al que vivía con miedo. Se llevó al que tenía
bienestares de sobra y al que trabajaba para su alimento de mañana. Se llevó al
que pensaba que la vida era solo esto y al que soñaba con algo mejor. El estruendo
no dio pie suficiente para escapar, para considerar, para despedirse. Quienes lograron
alejarse más igual fueron alcanzados por la última brazada del talud. Todos los
corazones que latieron tan desesperadamente antes de detenerse ahora solo
existen en el pasado y ahora solo para alimentar a la tierra que los acogió
porque sí, porque así debía ser.
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jueves, 2 de mayo de 2019
La gotera
Unos minutos
después de comenzar la lluvia, se pudo ver claramente: había una gotera que
caía en medio de la sala. Inmediatamente, los cinco hijos de la doña,
profesionales entusiastas todos, comenzaron a vislumbrar la posible solución al
inconveniente. No dejaba de llover. No dejaba de caer. Desde el de menor edad
al de mayor, cada hermano opinó y hasta con croquis para justificar tantos años
de universidad. Después de ningunear a los viejos —sus padres—, les dijeron que
se quedaran tranquilos, que ellos se encargarían. Pasaron las horas de algunos
días y los muchachos, entusiastas por el no tan nuevo reto y con los pies ya en
un pozo, zigzagueaban entre la física, la química y la matemática; entre la
evaporación y los vasos comunicantes, entre ventiladores y aspersión; pero las
pruebas arrojaban cada vez el mismo resultado. Los padres advertían que el agua
estaba subiendo su nivel, pero entre disertaciones, discusiones y hasta peleas
de pelo mojado, los vástagos los volvían a apartar de la “zona cero”.
Decidieron los doctores buscar ayuda afuera, pero no se consiguió el aporte
esperado. Ya la sala parecía un campo de batalla perdida, y entre una y otra
exclamación, el padre, fastidiado de tanto empecinamiento, subió al techo y
aplicó un parcho de asfalto con su dedo sobre el agujero, tapando así la gotera
al instante. Bajó, recogió su bastón y se volvió a sentar con su vieja en el
sofá. Después de mirar fijamente al techo por unos segundos, los “muchachos” no
solamente no reconocieron la efectividad de la intervención de Venancio, si no
que fue criticado despiadadamente por “la falta de metodologías en los
procedimientos técnicos utilizados”. Mequetrefes insalubres.
viernes, 18 de agosto de 2017
¿Corrupta esa máquina? Nah...
Me
acerqué sin que se diera cuenta. Daba pasos silenciosos para que no se
asustara. Una vez al lado de ella, me recosté suavemente, como saludando
afablemente, casi acariciándola. Le pregunté cómo estaba, cómo seguía su salud
y su familia, pero no se mostró amable. Seguía incólume en su posición,
extendiendo la ranura para que insertara el billete exacto para proveerme del
producto que ofrecía, entre botones luces y procedimientos. Le dije que me faltaban
unas monedas para alcanzar la cifra necesaria y estaba confiado en que podía
manipular a la máquina con mis métodos persuasivos, y claro, con mis encantos. Pero
la cosa resultó cuesta arriba. Le ofrecí lo que traía, confesándole mis penas
del alma para que se ablandase y soltara el sobrecito; le mostré el contenido
de mis bolsillos para que viera cómo me traía la vida, pero tampoco hubo
efecto. Aunque no emitía palabra, sentía que me miraba, que me criticaba, y
justo en ese momento, un muchacho de gorra y que masticaba chicle se me
adelantó, la accionó según las instrucciones y la muy… le despachó lo que
quería. Quedé solo con ella de nuevo y no sabía ya qué hacer. Era una especie
de desesperación in crescendo la que se apoderaba de mí, mientras pensaba algún
tipo de oferta rara, de soborno, de extorsión aplicable al mecanismo; pero
resultó que después de dos horas de intentos infructuosos, de picadas de ojos,
de historias tristes y algunas groserías entre dientes, el artefacto no quiso
darme lo que quería… no quiso (¿lo pueden creer?). Tres ruegos, dos insultos y
una patada no sirvieron. La verdad es que creí que el hombre había hecho a la
máquina a su imagen y semejanza, con su inteligencia y multiplicidad de maneras,
pero también con sus engaños, trucos y demás vicios conocidos. No fue así —no esta
vez—. Tardé un rato esa noche y otro rato en la madrugada para entender que esa
máquina no era flexible, que no era corrupta, como tendemos a serlo nosotros en
ocasiones en las que se presenta la oportunidad. A pesar de mi brutalidad casi
insuperable, supe que una norma sin control no sirve para nada; que lo normal
podría ser, digo yo, que actuásemos con la ingenuidad del bien, con la ausencia
de lo peligrosos que somos cuando tenemos miedo.
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