jueves, 12 de septiembre de 2019

Se vino la montaña

Se vino la montaña. Sin avisar con antelación, se vino. Todo lo que había a su paso, se borró. Los habitantes a sus pies desaparecieron bajo el tierrero y el escombro natural. Apenas se nota que hubo algo ahí debajo. Por encima del terraplén solo sobresale la cruz y la campana, por un lado, y la cabeza de la estatua por el otro. Al desaparecer el polvo producido por el gigantesco deslizamiento, quedó un silencio nunca antes oído. La montaña se llevó a quien había alcanzado la paz y a quien estaba preparado para recibir a la muerte. Se llevó al que vivía distraído de la vida y al que vivía con miedo. Se llevó al que tenía bienestares de sobra y al que trabajaba para su alimento de mañana. Se llevó al que pensaba que la vida era solo esto y al que soñaba con algo mejor. El estruendo no dio pie suficiente para escapar, para considerar, para despedirse. Quienes lograron alejarse más igual fueron alcanzados por la última brazada del talud. Todos los corazones que latieron tan desesperadamente antes de detenerse ahora solo existen en el pasado y ahora solo para alimentar a la tierra que los acogió porque sí, porque así debía ser.

jueves, 2 de mayo de 2019

La gotera


Unos minutos después de comenzar la lluvia, se pudo ver claramente: había una gotera que caía en medio de la sala. Inmediatamente, los cinco hijos de la doña, profesionales entusiastas todos, comenzaron a vislumbrar la posible solución al inconveniente. No dejaba de llover. No dejaba de caer. Desde el de menor edad al de mayor, cada hermano opinó y hasta con croquis para justificar tantos años de universidad. Después de ningunear a los viejos —sus padres—, les dijeron que se quedaran tranquilos, que ellos se encargarían. Pasaron las horas de algunos días y los muchachos, entusiastas por el no tan nuevo reto y con los pies ya en un pozo, zigzagueaban entre la física, la química y la matemática; entre la evaporación y los vasos comunicantes, entre ventiladores y aspersión; pero las pruebas arrojaban cada vez el mismo resultado. Los padres advertían que el agua estaba subiendo su nivel, pero entre disertaciones, discusiones y hasta peleas de pelo mojado, los vástagos los volvían a apartar de la “zona cero”. Decidieron los doctores buscar ayuda afuera, pero no se consiguió el aporte esperado. Ya la sala parecía un campo de batalla perdida, y entre una y otra exclamación, el padre, fastidiado de tanto empecinamiento, subió al techo y aplicó un parcho de asfalto con su dedo sobre el agujero, tapando así la gotera al instante. Bajó, recogió su bastón y se volvió a sentar con su vieja en el sofá. Después de mirar fijamente al techo por unos segundos, los “muchachos” no solamente no reconocieron la efectividad de la intervención de Venancio, si no que fue criticado despiadadamente por “la falta de metodologías en los procedimientos técnicos utilizados”. Mequetrefes insalubres.

viernes, 18 de agosto de 2017

¿Corrupta esa máquina? Nah...

Me acerqué sin que se diera cuenta. Daba pasos silenciosos para que no se asustara. Una vez al lado de ella, me recosté suavemente, como saludando afablemente, casi acariciándola. Le pregunté cómo estaba, cómo seguía su salud y su familia, pero no se mostró amable. Seguía incólume en su posición, extendiendo la ranura para que insertara el billete exacto para proveerme del producto que ofrecía, entre botones luces y procedimientos. Le dije que me faltaban unas monedas para alcanzar la cifra necesaria y estaba confiado en que podía manipular a la máquina con mis métodos persuasivos, y claro, con mis encantos. Pero la cosa resultó cuesta arriba. Le ofrecí lo que traía, confesándole mis penas del alma para que se ablandase y soltara el sobrecito; le mostré el contenido de mis bolsillos para que viera cómo me traía la vida, pero tampoco hubo efecto. Aunque no emitía palabra, sentía que me miraba, que me criticaba, y justo en ese momento, un muchacho de gorra y que masticaba chicle se me adelantó, la accionó según las instrucciones y la muy… le despachó lo que quería. Quedé solo con ella de nuevo y no sabía ya qué hacer. Era una especie de desesperación in crescendo la que se apoderaba de mí, mientras pensaba algún tipo de oferta rara, de soborno, de extorsión aplicable al mecanismo; pero resultó que después de dos horas de intentos infructuosos, de picadas de ojos, de historias tristes y algunas groserías entre dientes, el artefacto no quiso darme lo que quería… no quiso (¿lo pueden creer?). Tres ruegos, dos insultos y una patada no sirvieron. La verdad es que creí que el hombre había hecho a la máquina a su imagen y semejanza, con su inteligencia y multiplicidad de maneras, pero también con sus engaños, trucos y demás vicios conocidos. No fue así —no esta vez—. Tardé un rato esa noche y otro rato en la madrugada para entender que esa máquina no era flexible, que no era corrupta, como tendemos a serlo nosotros en ocasiones en las que se presenta la oportunidad. A pesar de mi brutalidad casi insuperable, supe que una norma sin control no sirve para nada; que lo normal podría ser, digo yo, que actuásemos con la ingenuidad del bien, con la ausencia de lo peligrosos que somos cuando tenemos miedo.

domingo, 2 de abril de 2017

Compasión por Dios

En un local nocturno, después de una jornada de trabajo normal de extenuante del viernes, Pedro y Julián se sentaron en la barra y pidieron sendas cervezas antes de comenzar la conversa y el drenaje semanal acostumbrado. Después del brindis y de echar un ojo a ver qué había en los alrededores en la taguara, Pedro se dio cuenta de que en la esquina de la barra, próximo a ellos, estaba sentado un viejo alto, de barba gris y ojos tristes, que no apartaba la mirada del vaso de licor del cual acariciaba el borde con el dedo una y otra vez. Después de mirarlo en forma intermitente por unos minutos, se dio cuenta: es Dios.
El viejo, al parecer, estaba en uno de esos momentos en el que su empresa grandiosa solo le traía complicaciones sucesivas, hasta que, a imagen y semejanza de su obra y sin recursos, decidió darse una vuelta por el vecindario para alejarse de su realidad externa.
Pedro no aguantó y le dijo a Julián, bajito, para que el viejo no escuchara:
—¡Julián!, ¿ya viste quién está ahí?
Julián, con desdén, miró brevemente a la esquina donde estaba el viejo, y volviendo la mirada de nuevo a su teléfono, asintió con la cabeza. Pedro, sorprendido del encuentro extraordinario, le insistió a su amigo:
—¡Coño, Julián: es Dios!
Sin apartar la mirada del aparato, hizo una mueca de desinterés, bebió de su botella y permaneció en silencio. Pedro insistió:
—¡Míralo, vale! ¡Seguro la está pasando mal, Julián! ¿Qué te parece si lo ayudamos, le damos algún dinero, le hablamos para reconfortarlo? …Seguro tiene cosas importantes por hacer y míralo como está.
—Coño, Pedro, deja la ladilla… si quieres, anda tú.
Julián no podía creer ni la presencia del Creador ni de la indiferencia de su amigo. Parecía un mal sueño.
—¡Es quien creó todo, Julián: el planeta, a nosotros, al universo entero, coño! ¿Qué te pasa, pana?
—Sí, Pedro, pero eso fue hace mucho, ¿ya qué…?
El viejo se dio cuenta de la conversa murmurada de sus compañeros de barra; dejó un billete sucio y arrugado al lado del vaso apenas desocupado y salió del local para desaparecer en el callejón.
—¿Viste? Ya se dio cuenta de que hablábamos de él y se ladilló, Julián— dijo Pedro.

—¿”Hablamos”? Tú hablas de él. Yo estoy tranquilito descansando de esta semana tan jodida. Si quieres persíguelo y habla tú con él. Yo no tengo el más mínimo interés.

jueves, 19 de enero de 2017

Una nueva vida

Acto I:
Te amaré como creo que se debe amar: con desespero, con urgencia, con el afán de abarcar tu panorama y de entregarme totalmente a tus deseos. Seré el caballero andante de tus novelas leídas, si es que lees. Seré tu sombra y te propondré que seas la mía. Serás mi vida.

Acto II:
No te puedo amar como te prometí. Aunque el afán y la urgencia marcan mi camino, el desespero cambia su signo y ahora se deriva del sobresalto, de la incerteza, de la desconfianza de que alguien más me quitará este tesoro que encontré y que viene a completar mi existencia. A veces creo que no soy tu caballero, sintiendo a veces que soy, más bien, una clase de lacayo callejero que llegaste a mandar (no te ve visto leyendo). Aunque no he dejado de ser tu sombra, no creo que agradezcas el tremendo esfuerzo que supone. Mi vida ha cambiado mucho.

Acto III:
A veces me pregunto si te amo. Todo se enfría alrededor y me desespera llegar a casa. Ya no me importa tanto tu panorama… ni siquiera el mío. Tus deseos son una locura; cada vez se parecen más a una carta al Niño Jesús. Estoy entrando en huelga como obrero de tus construcciones sin visión, sin la esperanza de supervivencia. Solicitaré cabida en otros panoramas, eso sí, sin mucha exigencia, porque la vida es así. Definitivamente, no lees. La vida pasa y solo quiero que venga el futuro a salvarme de este lío.

Acto IV:
Ya no te amo. No eres lo que creí que eras. Qué desilusión y qué pérdida de tiempo y esfuerzo. Mi panorama comenzó tan lindo y ahora es todo un desfile de escombros. No queda ni la sombra de un comienzo apasionado, intenso, novedoso. Me entregué a quien no lo valoró. Estás muy lejos de ser lo que soñé.

Acto V:
Estremecimiento.

Acto único:
Te amaré como creo que se debe amar a cualquier ser humano: con respeto, con holgura, sin obligaciones, sin más expectativa que la paz. Seré yo mismo, sin caballos, sin corte, sin poses; sin esfuerzos, completo en mí mismo. Si lees, espero que lo disfrutes y me eches el cuento cuando sea de tu agrado. Trataré de recoger luces en mi camino. Ya no hay sombras. No me entregaré porque ya no entiendo qué significa eso. Dejaré algo de tiempo para disfrutar de mi panorama. No serás mía, serás tuya y me regalarás momentos que agradeceré. La pasión encierra el gozo, la sonrisa y hasta la carcajada, pero ahora tiene un rostro de calidad y cómoda sabiduría, sin sobresalto, consciente. Seremos parte de la vida sin futuro ni pasado, totalmente presente: Una nueva vida.

viernes, 8 de mayo de 2015

Oscar y Jaime


Oscar es ahora el presidente de una importante planta ensambladora de automóviles del país. Todos los logros personales y profesionales de Oscar pueden ojearse en cualquier momento. Su empresa, su familia, todo lo que lo rodea tiene ese sello distintivo del hombre que creció entre sueños y metas logradas.

Hace poco fuimos a conversar con su madre, quien nos confió:

­-Oscar siempre fue un muchacho inteligente, analítico… curioso él. Cuando su papá le traía los juguetes, los observaba por un rato y veía por dónde estaban las uniones, los tornillos, las palancas, y lograba desarmarlos con tal habilidad, con esa meticulosidad que nosotros, en ese momento, no entendíamos. Por supuesto, una vez desarmado el juguete, Oscarcito no sabía cómo armarlo de nuevo y se echaba a llorar. Era un niño muy lindo, muy gracioso.

Jaime no. Jaime creció en una familia con problemas que no podían ocultar. Entre los gritos y las indiferencias, no hacía más que ver por la ventana y cantaba una extraña canción mientras pasaba el rato. No aprendió a valorar nada nunca. Ahora, Jaime acaba de ser enviado de nuevo a la cárcel.

Hace poco fuimos a conversar con su madre, quien nos confió:

-Yo lo quería mucho, pero ese muchacho del carajo siempre fue un problema. Uno le daba comida, no quería comer; uno lo mandaba a estudiar y se desaparecía hasta tarde; uno le daba un juguete, y después de mirarlo como si fuese un desquiciado, lo tasajeaba por un lado y por el otro hasta que encontraba una rendija y lo partía en dos. Después de un ratico, el carajito ese ya había vuelto nada el carrito y como el propio loco, se ponía a llorar y llorar. Había que meterle su tatequieto para que se callara.

lunes, 6 de octubre de 2014

La Otra Muerte

LA OTRA MUERTE

Los años pasaron en medio de bajadas y subidas, de arrancadas y frenadas… y ni hablar de la contemplación enriquecedora. Entre riesgos no calculados, deudas crónicas, y de estados de ganancias y pérdidas de dinero, de momentos, de seres queridos y por querer.

Era un paquete muy grande para aprender a manejarlo todo a la vez. Ha sido inevitable ocuparse de una parcela de nuestra existencia, de tenerla verde y frondosa, mientras la otra se incendia o se convierte en desierto irrecuperable.

La pérdida física, conscientemente o no, se convierte en la espina definitiva que arrastraremos hasta que quien se vaya sea uno mismo, dejando el ingrato testigo a quien nos quiso y no entendió el momento de cierre, el final lógico, bien conocido y tan estúpidamente ignorado mientras se pudo.

Pero algo pasó. Algún cataclismo divino -si se quiere decir- modificó la forma de despedida. Un mensajero distinto de los que se habían previsto vino a traer la noticia. Se escribió en piedra y así será en adelante: La despedida de este mundo será  distinta.
Se explicó, desde el improvisado podio que se trataba de un milagro de último momento, que, en tiempos enrarecidos por las presuntas deudas sin pagar, vendría a poner algo de orden y tranquilidad a los espíritus de tormento perenne y silencioso que comenzaban cada uno de sus días con déficit de bienestar, con lágrimas malogradas.

Según dijo el mensajero, acomodándose los lentes de anciano, las muertes serían anunciadas con antelación. Se prescindiría de accidentes genéticos, de tránsito; de enfermedades “penosas” o pavosas y, en general, de cualquier episodio que cortase la existencia plena de facultades, con el fin de “dejar todo arreglado”, como se dice por ahí. Se entendía, según se desprendía del anuncio, que habría varios meses de anticipación, a partir de la señal dada, para que el proceso de despedida tuviese lugar de la mejor manera.

Cerrar ciclos. Ese era todo el cuento. Se acabarían todos los lamentos de los deudos, que rezaban “No hubo tiempo para decir lo que sentía”; si había alguna enemistad, habría ocasión para encaminarla al reencuentro. Sería, pues, como un examen de reparación, en el que se podría hacer el esfuerzo que no se hizo en el tiempos pasados, con el fin de, al menos, arrancar de estas tierras con una sonrisa de decencia, de dignidad, de sosiego, dando tiempo a que alguien amado tuviese la oportunidad de tomar nuestra mano cuando los latidos nos abandonen para siempre.

Respecto de la cuestión logística, “para finalizar” -concluía el enviado-, el deceso debía ocurrir en la habitación de residencia del llevado, en una silla, sillón o en la cama (viendo el Ávila, el Lago o el páramo o la llanura serían prerrogativas válidas). Se consideraría todo un logro si el último rictus fuese una sonrisa. Inmediatamente, el cuerpo físico desaparecería y quedaría un brillo en el cuarto, una estela de su olor particular en el sitio en el que amaneció durante tantos años, convirtiéndose el espacio en una morada de recuerdos, reflexión y comunicación ocasional con quien aprovechó el novedoso decreto.


Por último, se convertiría, al pasar de las décadas, los viejos cementerios en jardines de esparcimiento para los niños de la época, quienes tendrían más adelante la tarea de hacer una vida feliz y desenvuelta, de procesos fluidos y satisfactorios, dejando los viejos camposantos sólo como un triste recuerdo de quienes ya se nos habían ido y nos dejaron con la pesada espina, con el resentimiento, “con tantas cosas por decir”…