martes, 13 de febrero de 2024

Imaginé mi muerte

Imaginaba mi muerte. Escándalo aparte, drama aparte, imaginé mi muerte. Se trató, más bien, de mi estado emocional al momento de la desaparición. A decir verdad, el camino hacia allá no va tan mal. Ahora mismo siento de cerquita a quienes quiero sentir cerca, a esa gente que me vio nacer, a quienes nacieron conmigo, a quienes ayudé a nacer y a quienes me acompañaron en esta empresa, así como a quienes se acercaron o me dejaron acercarme para compartir un buen rato, un rato de alegría y crecimiento. No va mal la cosa. La verdad, no creo que vaya a ser un escándalo en su momento, al menos no para mí. Eso sí, en ese planificar para atrás que se me planteó durante el ejercicio, y para llegar al estado previsto de despedirme con una sonrisa, sin lutos y sin miedos, comencé a repasar, para desechar urgentemente, las deudas, los miedos y todo compromiso de origen dudoso que ahora me pudiera estar desmejorando el camino que resta de esta aventura, de este regalo que agradezco "a quien pueda interesar" .

lunes, 22 de enero de 2024

De verdad, no.


El hombre miraba a la chica que danzaba y se contorsionaba alrededor del poste que llegaba al techo. Encantado, entre las luces y el ruido, la miraba con atención, como fabricando una copia permanente en su cabeza. Lucía perfecta. El momento era perfecto. Sentía en ese instante que no había nada mejor. La joven, que se había percatado de su atención, se le acercó después de su acto y haciéndose paso entre el resto de los clientes, se le acercó con movimientos que pretendían ser provocativos para ofrecerle su compañía y seguir el resto del guion. Él, evidentemente inquieto, pero por otra razón y después de abordarlo en su asiento e insinuándose a su oído, se apartó lo suficiente como para aclararle que ella solo era perfecta en su mente, en su recuerdo, y que él no quería destruir esa imagen tan suya, tan íntima, tan perfecta, solo por el capricho de practicar un rato de realidad. Le pidió afablemente que se alejara y nunca más volvió.

sábado, 7 de enero de 2023

Nuestra relación fue

Nuestra relación comenzó por formar una fina membrana que, al principio y a fuerza de comportamientos y estados recurrentes, empezó a endurecerse imperceptiblemente hasta convertirse en una costra que se endurecía desde afuera hacia adentro. Era cotidianidad que siempre regresaba a lo mismo: incomodidad, ira y sexo reparador, para añadir cada vez otra capa a la costra. Cada ciclo nos reducía el espacio para accionar, para decidir, para disfrutar. Durante mucho tiempo estuvimos presos de aquel régimen, de aquella rutina que en un momento dado no se parecía a lo soñado en el pasado. Un día, lo que quedaba de nuestro nido, en el espacio interior de la costra, se hizo tan pequeño que nos sofocó al extremo de solo poder morir asfixiados o quebrar la costra con piel rota y sangre para salir al fin a un mundo de decisiones y sensaciones ya olvidado. La ilusión infantil murió asesinada y por poco no nos llevó por delante para siempre.

lunes, 15 de agosto de 2022

Tómame, Leonardo


De repente entró ella —sí, ella misma— completamente desnuda, con el cabello recogido y con ojos y piel suplicantes. Fue un momento tremendo. Esa mujer hermosa, a quien había observado durante años con ojos de simpatía e interés intelectual, salió de su habitación a la sala en la que me encontraba esperando solo una hoja de contrato para seguir con mi día cualquiera de trámites. La vi de arriba abajo con la sorpresa y la oportunidad correspondientes mientras se acercaba al sofá. Con algo de miedo y una ceja levantada la sentí sentarse a mi lado, poniendo su mano en mi pierna y diciendo:

—Es hora, Leonardo... No aguanto más esto que siento por ti. Tómame como si fuese ella.

Por algún lado sentí el impulso adolescente de poseerla allí mismo, sin maquinar tanto, mientras por el otro lado, contundentemente, se me abrieron el álbum y el diario de mi vida. Sin dejar de percibir su aliento, su perfume y su calor, aclaré mi  garganta antes de mirarla con toda mi voluntad solo a los ojos y decirle:

—La verdad es que me tomas por sorpresa. Te confieso que la potencia de este asalto invoca todas mis debilidades, esas, que no sin fundamento me encosquillan el cuerpo hasta el punto de acoger la duda. Sin embargo, en este río revuelto de emociones debo conjurar el peligro que tu acción atrevida me coloca enfrente. No sé si agradecer el regalo. No sé cómo hacer en este momento para no recibir lo que me ofreces, sabiendo que fue una decisión difícil de tomar y una acción desprendida de tu parte, dada nuestra relación hasta hace dos minutos. Es por eso que me levantaré de tu sofá y me retiraré ahora mismo antes de que cualquiera de mis columnas se derrumbe y acabe yo como cómplice de un despropósito que dañaría mucho más de lo que podría construir".

Disimulando mi alteración corporal evidente, traté de recomponerme mientras caminaba hacia la puerta. En ese momento, cuando estaba ya dejando la puerta tras de mí, sentí el precario impulso adolescente de nuevo, y con un rictus que intentaba la seriedad, me devolví lentamente y la miré una última vez... de arriba a abajo.

sábado, 25 de septiembre de 2021

Deslave fecal

En estos días, después de visitar a mi gente, y aprovechando que no vivimos a tanta distancia, decidí regresar caminando a casa. “Solo son 50 minutos”… “Hace falta ejercicio”… Pues, arranqué a caminar. A solo 10 minutos de comenzar el viaje, sentí ese rebulú en la panza que no sentía hacía muchísimos años. Mientras caminaba, y cumpliendo con esta repentina empresa que me entusiasmaba en cierto grado, comenzaron esos sudores fríos que anuncian la calamidad. Inmediatamente, decidí tomar el control del asunto y no dejar que mi mente y mi cuerpo se confabulasen y me fuesen a dejar en la vergüenza pública. A mi edad adulta —adulta de verdad—, y al sentir ese último viento caliente que gritaba que no había margen para el error, puse en práctica un método que ya me había funcionado en ocasiones similares, aunque menos amenazantes: la sicología inversa. Dado que normalmente, al prever el drama inminente, la gente normalmente se esfuerza por evitar pensamientos que tengan que ver con la desgracia, yo comencé a pensar en lo contrario, en el hecho mismo del deslave café, en la negativa tradicional en taguaras sin agua, en fin, en cagarme en las aceras. Por muy sorprendente que parezca, mientras venían a mi mente esas situaciones extremas de abandono, los retorcijones bajaban su intensidad hasta el punto de permitirme seguir recortando camino hacia mi sitio. El gorgoreo estaba allí, entre suave y latente, mientras evitaba pensar en llegar a mi hogar porque, como sabrán, contar el tiempo y los metros que faltan por alcanzar el destino solo empeora las cosas. Ya a mitad de camino, la urgencia parecía haber amainado y pude confirmar que era posible lograr el cometido, incluso sin estoicismo alguno. Cada vez que el cólico se asomaba, era bombardeado por imágenes impactantes de agachados, ropas interiores malogradas, sensaciones lubricadas al caminar con disimulo, por mencionar algunas. A un par de cientos de metros de la casa, había logrado lo que podría llamar el Nirvana del Asterisco, durante el cual se vive un replanteo entre el drama de la mente y las necesidades reales del cuerpo. Fue tan así, que dio margen para comprar algo en el quiosco con toda naturalidad y resguardarme, al fin, bajo techo. Eso sí, la naturaleza, en su sabiduría debió darse cuenta de la manipulación, y en los últimos cinco metros se revirtió completamente el efecto logrado, produciéndose la tradicional carrera desesperada hasta la loza, sin hablarle a nadie, como cualquier mente inferior promedio.

jueves, 5 de agosto de 2021

Se me olvidó respirar

En medio de tanto trajín, de tanta corredera; en medio de los compromisos, voluntarios e involuntarios y el cansancio resultante; imbuido en este torbellino de cosas indeseadas por hacer, de insatisfacciones consecutivas y la odiosa pensadera… fíjate que se me olvidó respirar. En medio de cualquier trámite en internet, de la compra del pan y el jugo o de la cocción del arroz, un mareo pronunciado seguido de una tranca de la traquea, la apnea se hacía constante y con el uso de la voluntad para tan obvio menester, tenía que respirar adrede. Qué locura, ¿no? Al parecer, el sistema nervioso se echó las bolas al hombro y me dejó la vital tarea de respirar a mí solito, sin ayuda, sin aviso ni protesto. Solo respiraba involuntariamente cuando estaba dormido, pero no es una afirmación absoluta. En ocasiones, me despertaba en medio de una pesadilla sobrevenida de la asfixia. Ya hace algún tiempo de esta nueva modalidad, en la que debo revisar si estoy respirando o no y actuar. El hecho es que de alguna manera me he acostumbrado y hasta he notado que mis funciones se reactivan y se mantienen mejor mientras respiro a conciencia. Con el paso de los días, hasta he sentido que se ha hecho un hábito muy sano estar pendiente de los niveles de mi respiración y, como grata y confortable sorpresa, por estar en tal alerta vital, mis preocupaciones superficiales parecen haber tomado sus maletas e ido para el mismísimo carajo. Hoy he terminado de evaluar el beneficio. Ya vengo, voy al balcón a respirar aire fresco, mientras miro los alrededores.

viernes, 28 de febrero de 2020

Indiferencia aparente



Pasó lo que te pasó y quedaste en ese estado cercano a la indiferencia para con quienes te aman, con lo que te rodea. Hoy me toca a mí estar a tu lado para cuidarte y atenderte por si lo necesitas. Siempre te veo con la mirada perdida la mayor parte del día. Te levantas de tu cama y cumpliendo con tu rutina intacta previa al accidente, te aseas, te vistes y comes. Ya no conversas, sin embargo contestas con gestos breves o balbuceos a lo que se te plantea.

A veces pareces no escuchar y llega a ser desesperante no saber qué quieres, qué necesitas, qué te gustaría. En un momento dado te asomas un rato por la ventana y miras lentamente de un lado a otro con cierta atención, con aparente interés. Después de alguna merienda, sales al patio y saltas la vista entre los arbustos, el árbol grande, el cielo y las montañas a lo lejos. A veces te quedas dormido en tu silla de siempre, esa que usabas en las reuniones con tus amigos, cuando podías compartir con los demás lo que llevabas por dentro.

Pero ahora estás así, incomprensiblemente quieto, fomentando la desesperación entre nosotros, poniéndonos a adivinar cuál será tu próximo movimiento, tu próxima necesidad a cubrir, incluso, tu próxima necedad.

Pero algo me resulta curioso. Hace poco vi un asomo de sonrisa en tu cara y me puse a reflexionar sobre tu estado. Pensándolo bien, no ofreces ninguna señal de sufrimiento, de incomodidad, de contrariedad. Aunque eres una presencia de diagnóstico inexorable que se desliza lentamente por los confines de la casa, no haces sonar alarmas reales de dificultad en ningún sentido. Recientemente he comenzado a mirarnos y a mirarte, y veo que quienes están realmente compungidos con esta situación, somos los llamados sanos, los que normalmente dominan las situaciones; y en esa onda, no pude dejar de saber que quienes tenemos el drama somos nosotros, no tú; que quienes sufrimos por una supuesta pérdida somos nosotros, no tú.

Al parecer, se nos hace imposible sentir que ahora estás bien, que disfrutas en silencio de situaciones que nosotros no comprendemos, pero que sí existen; que tu piel y tus ojos cuentan que estás incluso mejor de lo que estabas cuando estabas “bien”, pero que aquí elegimos la tragedia como medio para lidiar con esto, y que si uno se pone a ver, son circunstancias naturales de la vida de una persona y su familia cuando sobreviene un acontecimiento importante.

Al día de hoy, ya gané la seguridad de que a quienes hay que examinarle la cabeza es a los deudos, quienes, a falta de conciencia, prefirieron la sorpresa fingida, la lloradera y el desaliento como nuevo modo de vida; eso, hasta que el viejo los libere con su ausencia definitiva. Vaya manera de solucionar…

miércoles, 29 de enero de 2020

Angelitos en el banquillo

Ignacio se desarrolló bajo un ambiente adecuado de solidaridad, de empatía, de justicia. Nuestro muchacho, que ahora es un hombre, trajo en su espíritu la carga de bondad necesaria para acomodar esto y, sobre sus hombros, la responsabilidad autoinfligida de hacerlo… y de hacerlo bien. Con toda su caja de herramientas intelectuales, su buena salud física y su ética intachable, nuestro futuro héroe llegó al sitio donde quería llegar para compartir su poder y ejercer su magnanimidad en favor de quienes necesitamos que esto llegue a buen puerto después de tanta tormenta. Pero comencé a ver detalles chocantes en su quehacer ocasional que me alarmaron. No podía creer que nuestro Ignacio estuviese tocando teclas que nunca previó tocar, halando hilos que jamás concibió halar. Para quienes estaban más lejos que yo de mi muchacho, todo marchaba a las mil maravillas, “con problemas, como todo”, mientras la campaña en favor de la gestión de Ignacio arrasaba en la opinión de quienes, incluso, una vez lo cuestionaron. Veía en su sonrisa al público un dejo de amargura, y cuando a veces volteaba a verme, confesaba con su mirada los esguinces ocultos. Una vez lo confronté sobre sus pecados del presente, y con una lágrima que desaparecería pronto en su mano cerrada, me aseguró que no había manera de llegar a hacer lo que una vez se propuso sin desviar algunos cauces, sin violentar algunas maneras, y que “así iba a seguir siendo, porque esto no va a fallar por detalles desechables, carajo”. Yo no sé si eso era verdad; no sé si él creía en lo que me dijo, pero fue una gran desilusión saber que quien una vez despegó del suelo con tal impulso, ahora era alguien embarrado de la misma porquería que adornaba a quienes lo precedieron, de quienes lo motivaron, con sus delitos, a subir a tan anhelado escenario siempre propicio para lo justo. Ya no voy a verlo. Ya no lo llamo. Tal vez no estoy en nada, no estoy a la altura de estas lides del poder. Tal vez soy un pobre iluso buscando ángeles en las mismas calles llenas del estiércol de siempre, regidas por tradiciones, leyes y modos empatucados de mierda.

jueves, 28 de noviembre de 2019

No, no acepto



Despertóse el hombre de las cavernas ese 2 de abril, en el que todo le pareció mal. Miró al mamut que pasó a una distancia segura y pensó que si ese elefante fuera más pequeño, sería más fácil matarlo… aunque tocaría menos comida para cada uno. Luego de volar por su imaginación por unos instantes, se lamentó durante un rato. Después de ese rato, pudo ver a lo lejos un tigre dientes de sable y pensó que si ese tigre no tuviese esos dientes tan grandes, hasta comida fácil podría ser. Luego de volar por su imaginación por unos instantes, se lamentó durante un rato. Se metió más tarde en su casa último modelo y miró a su mujer y pensó que si él tuviese una mujer más bonita y voluptuosa, sería más feliz, que seguro sería una vida mucho más gozosa que la que le tocó y que a todas luces no le era suficiente. Bajó la vista y comenzó a verse las manos y las piernas y pensó que si fuese más alto y más fuerte, podría tener una caza mucho más provechosa. Luego de volar por su imaginación por unos instantes, se lamentó durante un rato. Esa noche, después de apagar el televisor, se durmió con lágrimas en los ojos al concluir que su vida resultó todo un fraude y que la mala suerte era la marca inobjetable de su existencia. Desde ese día el hombre aquel se levantaba frustrado y de mal humor en la mañana y sin ganas de cazar, comer o disfrutar de su familia. Pronto llegó el malestar y la enfermedad que se lo llevó finalmente. Estudios recientes asoman la idea de que el ser humano civilizado de ahora nació de aquel tipo que nunca aceptó las cosas como eran, sino que esperaba con demencia que lo que era no fuera, y que fuera todo según su expectativa necia y absurda.

jueves, 12 de septiembre de 2019

Se vino la montaña

Se vino la montaña. Sin avisar con antelación, se vino. Todo lo que había a su paso, se borró. Los habitantes a sus pies desaparecieron bajo el tierrero y el escombro natural. Apenas se nota que hubo algo ahí debajo. Por encima del terraplén solo sobresale la cruz y la campana, por un lado, y la cabeza de la estatua por el otro. Al desaparecer el polvo producido por el gigantesco deslizamiento, quedó un silencio nunca antes oído. La montaña se llevó a quien había alcanzado la paz y a quien estaba preparado para recibir a la muerte. Se llevó al que vivía distraído de la vida y al que vivía con miedo. Se llevó al que tenía bienestares de sobra y al que trabajaba para su alimento de mañana. Se llevó al que pensaba que la vida era solo esto y al que soñaba con algo mejor. El estruendo no dio pie suficiente para escapar, para considerar, para despedirse. Quienes lograron alejarse más igual fueron alcanzados por la última brazada del talud. Todos los corazones que latieron tan desesperadamente antes de detenerse ahora solo existen en el pasado y ahora solo para alimentar a la tierra que los acogió porque sí, porque así debía ser.

jueves, 2 de mayo de 2019

La gotera


Unos minutos después de comenzar la lluvia, se pudo ver claramente: había una gotera que caía en medio de la sala. Inmediatamente, los cinco hijos de la doña, profesionales entusiastas todos, comenzaron a vislumbrar la posible solución al inconveniente. No dejaba de llover. No dejaba de caer. Desde el de menor edad al de mayor, cada hermano opinó y hasta con croquis para justificar tantos años de universidad. Después de ningunear a los viejos —sus padres—, les dijeron que se quedaran tranquilos, que ellos se encargarían. Pasaron las horas de algunos días y los muchachos, entusiastas por el no tan nuevo reto y con los pies ya en un pozo, zigzagueaban entre la física, la química y la matemática; entre la evaporación y los vasos comunicantes, entre ventiladores y aspersión; pero las pruebas arrojaban cada vez el mismo resultado. Los padres advertían que el agua estaba subiendo su nivel, pero entre disertaciones, discusiones y hasta peleas de pelo mojado, los vástagos los volvían a apartar de la “zona cero”. Decidieron los doctores buscar ayuda afuera, pero no se consiguió el aporte esperado. Ya la sala parecía un campo de batalla perdida, y entre una y otra exclamación, el padre, fastidiado de tanto empecinamiento, subió al techo y aplicó un parcho de asfalto con su dedo sobre el agujero, tapando así la gotera al instante. Bajó, recogió su bastón y se volvió a sentar con su vieja en el sofá. Después de mirar fijamente al techo por unos segundos, los “muchachos” no solamente no reconocieron la efectividad de la intervención de Venancio, si no que fue criticado despiadadamente por “la falta de metodologías en los procedimientos técnicos utilizados”. Mequetrefes insalubres.

viernes, 18 de agosto de 2017

¿Corrupta esa máquina? Nah...

Me acerqué sin que se diera cuenta. Daba pasos silenciosos para que no se asustara. Una vez al lado de ella, me recosté suavemente, como saludando afablemente, casi acariciándola. Le pregunté cómo estaba, cómo seguía su salud y su familia, pero no se mostró amable. Seguía incólume en su posición, extendiendo la ranura para que insertara el billete exacto para proveerme del producto que ofrecía, entre botones luces y procedimientos. Le dije que me faltaban unas monedas para alcanzar la cifra necesaria y estaba confiado en que podía manipular a la máquina con mis métodos persuasivos, y claro, con mis encantos. Pero la cosa resultó cuesta arriba. Le ofrecí lo que traía, confesándole mis penas del alma para que se ablandase y soltara el sobrecito; le mostré el contenido de mis bolsillos para que viera cómo me traía la vida, pero tampoco hubo efecto. Aunque no emitía palabra, sentía que me miraba, que me criticaba, y justo en ese momento, un muchacho de gorra y que masticaba chicle se me adelantó, la accionó según las instrucciones y la muy… le despachó lo que quería. Quedé solo con ella de nuevo y no sabía ya qué hacer. Era una especie de desesperación in crescendo la que se apoderaba de mí, mientras pensaba algún tipo de oferta rara, de soborno, de extorsión aplicable al mecanismo; pero resultó que después de dos horas de intentos infructuosos, de picadas de ojos, de historias tristes y algunas groserías entre dientes, el artefacto no quiso darme lo que quería… no quiso (¿lo pueden creer?). Tres ruegos, dos insultos y una patada no sirvieron. La verdad es que creí que el hombre había hecho a la máquina a su imagen y semejanza, con su inteligencia y multiplicidad de maneras, pero también con sus engaños, trucos y demás vicios conocidos. No fue así —no esta vez—. Tardé un rato esa noche y otro rato en la madrugada para entender que esa máquina no era flexible, que no era corrupta, como tendemos a serlo nosotros en ocasiones en las que se presenta la oportunidad. A pesar de mi brutalidad casi insuperable, supe que una norma sin control no sirve para nada; que lo normal podría ser, digo yo, que actuásemos con la ingenuidad del bien, con la ausencia de lo peligrosos que somos cuando tenemos miedo.

domingo, 2 de abril de 2017

Compasión por Dios

En un local nocturno, después de una jornada de trabajo normal de extenuante del viernes, Pedro y Julián se sentaron en la barra y pidieron sendas cervezas antes de comenzar la conversa y el drenaje semanal acostumbrado. Después del brindis y de echar un ojo a ver qué había en los alrededores en la taguara, Pedro se dio cuenta de que en la esquina de la barra, próximo a ellos, estaba sentado un viejo alto, de barba gris y ojos tristes, que no apartaba la mirada del vaso de licor del cual acariciaba el borde con el dedo una y otra vez. Después de mirarlo en forma intermitente por unos minutos, se dio cuenta: es Dios.
El viejo, al parecer, estaba en uno de esos momentos en el que su empresa grandiosa solo le traía complicaciones sucesivas, hasta que, a imagen y semejanza de su obra y sin recursos, decidió darse una vuelta por el vecindario para alejarse de su realidad externa.
Pedro no aguantó y le dijo a Julián, bajito, para que el viejo no escuchara:
—¡Julián!, ¿ya viste quién está ahí?
Julián, con desdén, miró brevemente a la esquina donde estaba el viejo, y volviendo la mirada de nuevo a su teléfono, asintió con la cabeza. Pedro, sorprendido del encuentro extraordinario, le insistió a su amigo:
—¡Coño, Julián: es Dios!
Sin apartar la mirada del aparato, hizo una mueca de desinterés, bebió de su botella y permaneció en silencio. Pedro insistió:
—¡Míralo, vale! ¡Seguro la está pasando mal, Julián! ¿Qué te parece si lo ayudamos, le damos algún dinero, le hablamos para reconfortarlo? …Seguro tiene cosas importantes por hacer y míralo como está.
—Coño, Pedro, deja la ladilla… si quieres, anda tú.
Julián no podía creer ni la presencia del Creador ni de la indiferencia de su amigo. Parecía un mal sueño.
—¡Es quien creó todo, Julián: el planeta, a nosotros, al universo entero, coño! ¿Qué te pasa, pana?
—Sí, Pedro, pero eso fue hace mucho, ¿ya qué…?
El viejo se dio cuenta de la conversa murmurada de sus compañeros de barra; dejó un billete sucio y arrugado al lado del vaso apenas desocupado y salió del local para desaparecer en el callejón.
—¿Viste? Ya se dio cuenta de que hablábamos de él y se ladilló, Julián— dijo Pedro.

—¿”Hablamos”? Tú hablas de él. Yo estoy tranquilito descansando de esta semana tan jodida. Si quieres persíguelo y habla tú con él. Yo no tengo el más mínimo interés.

jueves, 19 de enero de 2017

Una nueva vida

Acto I:
Te amaré como creo que se debe amar: con desespero, con urgencia, con el afán de abarcar tu panorama y de entregarme totalmente a tus deseos. Seré el caballero andante de tus novelas leídas, si es que lees. Seré tu sombra y te propondré que seas la mía. Serás mi vida.

Acto II:
No te puedo amar como te prometí. Aunque el afán y la urgencia marcan mi camino, el desespero cambia su signo y ahora se deriva del sobresalto, de la incerteza, de la desconfianza de que alguien más me quitará este tesoro que encontré y que viene a completar mi existencia. A veces creo que no soy tu caballero, sintiendo a veces que soy, más bien, una clase de lacayo callejero que llegaste a mandar (no te ve visto leyendo). Aunque no he dejado de ser tu sombra, no creo que agradezcas el tremendo esfuerzo que supone. Mi vida ha cambiado mucho.

Acto III:
A veces me pregunto si te amo. Todo se enfría alrededor y me desespera llegar a casa. Ya no me importa tanto tu panorama… ni siquiera el mío. Tus deseos son una locura; cada vez se parecen más a una carta al Niño Jesús. Estoy entrando en huelga como obrero de tus construcciones sin visión, sin la esperanza de supervivencia. Solicitaré cabida en otros panoramas, eso sí, sin mucha exigencia, porque la vida es así. Definitivamente, no lees. La vida pasa y solo quiero que venga el futuro a salvarme de este lío.

Acto IV:
Ya no te amo. No eres lo que creí que eras. Qué desilusión y qué pérdida de tiempo y esfuerzo. Mi panorama comenzó tan lindo y ahora es todo un desfile de escombros. No queda ni la sombra de un comienzo apasionado, intenso, novedoso. Me entregué a quien no lo valoró. Estás muy lejos de ser lo que soñé.

Acto V:
Estremecimiento.

Acto único:
Te amaré como creo que se debe amar a cualquier ser humano: con respeto, con holgura, sin obligaciones, sin más expectativa que la paz. Seré yo mismo, sin caballos, sin corte, sin poses; sin esfuerzos, completo en mí mismo. Si lees, espero que lo disfrutes y me eches el cuento cuando sea de tu agrado. Trataré de recoger luces en mi camino. Ya no hay sombras. No me entregaré porque ya no entiendo qué significa eso. Dejaré algo de tiempo para disfrutar de mi panorama. No serás mía, serás tuya y me regalarás momentos que agradeceré. La pasión encierra el gozo, la sonrisa y hasta la carcajada, pero ahora tiene un rostro de calidad y cómoda sabiduría, sin sobresalto, consciente. Seremos parte de la vida sin futuro ni pasado, totalmente presente: Una nueva vida.

viernes, 8 de mayo de 2015

Oscar y Jaime


Oscar es ahora el presidente de una importante planta ensambladora de automóviles del país. Todos los logros personales y profesionales de Oscar pueden ojearse en cualquier momento. Su empresa, su familia, todo lo que lo rodea tiene ese sello distintivo del hombre que creció entre sueños y metas logradas.

Hace poco fuimos a conversar con su madre, quien nos confió:

­-Oscar siempre fue un muchacho inteligente, analítico… curioso él. Cuando su papá le traía los juguetes, los observaba por un rato y veía por dónde estaban las uniones, los tornillos, las palancas, y lograba desarmarlos con tal habilidad, con esa meticulosidad que nosotros, en ese momento, no entendíamos. Por supuesto, una vez desarmado el juguete, Oscarcito no sabía cómo armarlo de nuevo y se echaba a llorar. Era un niño muy lindo, muy gracioso.

Jaime no. Jaime creció en una familia con problemas que no podían ocultar. Entre los gritos y las indiferencias, no hacía más que ver por la ventana y cantaba una extraña canción mientras pasaba el rato. No aprendió a valorar nada nunca. Ahora, Jaime acaba de ser enviado de nuevo a la cárcel.

Hace poco fuimos a conversar con su madre, quien nos confió:

-Yo lo quería mucho, pero ese muchacho del carajo siempre fue un problema. Uno le daba comida, no quería comer; uno lo mandaba a estudiar y se desaparecía hasta tarde; uno le daba un juguete, y después de mirarlo como si fuese un desquiciado, lo tasajeaba por un lado y por el otro hasta que encontraba una rendija y lo partía en dos. Después de un ratico, el carajito ese ya había vuelto nada el carrito y como el propio loco, se ponía a llorar y llorar. Había que meterle su tatequieto para que se callara.

lunes, 6 de octubre de 2014

La Otra Muerte

LA OTRA MUERTE

Los años pasaron en medio de bajadas y subidas, de arrancadas y frenadas… y ni hablar de la contemplación enriquecedora. Entre riesgos no calculados, deudas crónicas, y de estados de ganancias y pérdidas de dinero, de momentos, de seres queridos y por querer.

Era un paquete muy grande para aprender a manejarlo todo a la vez. Ha sido inevitable ocuparse de una parcela de nuestra existencia, de tenerla verde y frondosa, mientras la otra se incendia o se convierte en desierto irrecuperable.

La pérdida física, conscientemente o no, se convierte en la espina definitiva que arrastraremos hasta que quien se vaya sea uno mismo, dejando el ingrato testigo a quien nos quiso y no entendió el momento de cierre, el final lógico, bien conocido y tan estúpidamente ignorado mientras se pudo.

Pero algo pasó. Algún cataclismo divino -si se quiere decir- modificó la forma de despedida. Un mensajero distinto de los que se habían previsto vino a traer la noticia. Se escribió en piedra y así será en adelante: La despedida de este mundo será  distinta.
Se explicó, desde el improvisado podio que se trataba de un milagro de último momento, que, en tiempos enrarecidos por las presuntas deudas sin pagar, vendría a poner algo de orden y tranquilidad a los espíritus de tormento perenne y silencioso que comenzaban cada uno de sus días con déficit de bienestar, con lágrimas malogradas.

Según dijo el mensajero, acomodándose los lentes de anciano, las muertes serían anunciadas con antelación. Se prescindiría de accidentes genéticos, de tránsito; de enfermedades “penosas” o pavosas y, en general, de cualquier episodio que cortase la existencia plena de facultades, con el fin de “dejar todo arreglado”, como se dice por ahí. Se entendía, según se desprendía del anuncio, que habría varios meses de anticipación, a partir de la señal dada, para que el proceso de despedida tuviese lugar de la mejor manera.

Cerrar ciclos. Ese era todo el cuento. Se acabarían todos los lamentos de los deudos, que rezaban “No hubo tiempo para decir lo que sentía”; si había alguna enemistad, habría ocasión para encaminarla al reencuentro. Sería, pues, como un examen de reparación, en el que se podría hacer el esfuerzo que no se hizo en el tiempos pasados, con el fin de, al menos, arrancar de estas tierras con una sonrisa de decencia, de dignidad, de sosiego, dando tiempo a que alguien amado tuviese la oportunidad de tomar nuestra mano cuando los latidos nos abandonen para siempre.

Respecto de la cuestión logística, “para finalizar” -concluía el enviado-, el deceso debía ocurrir en la habitación de residencia del llevado, en una silla, sillón o en la cama (viendo el Ávila, el Lago o el páramo o la llanura serían prerrogativas válidas). Se consideraría todo un logro si el último rictus fuese una sonrisa. Inmediatamente, el cuerpo físico desaparecería y quedaría un brillo en el cuarto, una estela de su olor particular en el sitio en el que amaneció durante tantos años, convirtiéndose el espacio en una morada de recuerdos, reflexión y comunicación ocasional con quien aprovechó el novedoso decreto.


Por último, se convertiría, al pasar de las décadas, los viejos cementerios en jardines de esparcimiento para los niños de la época, quienes tendrían más adelante la tarea de hacer una vida feliz y desenvuelta, de procesos fluidos y satisfactorios, dejando los viejos camposantos sólo como un triste recuerdo de quienes ya se nos habían ido y nos dejaron con la pesada espina, con el resentimiento, “con tantas cosas por decir”…

domingo, 19 de enero de 2014

Amén-ssenger

Después de salir el producto al mercado y lograr la conexión en esta nueva red…
-Hola, ¿estás ahí?
-Mmm…. mmm….mmmm…
-Epa, ¿me puedes contestar? Por favor…
Después de un silencio prolongado, se vió en pantalla: “Pedro está escribiendo…”
-Si
Dos lágrimas salieron y se le dibujó una sonrisa desesperada en la cara.
-De verdad… ¿estás ahí?
-Claro, mamita, soy yo y ya estoy bien.
No cesaban de brotar las lágrimas, pero ahora había un poco de sosiego.
-Y… ¿cómo es eso ahí? ¿hay mucha luz? ¿hay voces? Dime, ¿cómo es?
-Bueno, mamita, desde que llegué, después de… eso, del accidente, desperté y habían muchos interesados en mí. Me trataron muy bien, me contaron cosas que no sabía de mí, me contaron lo preocupados que los dejé allá.
-Si, así fue. Desde aquel día hemos extrañado mucho tu presencia en casa, tanto como te puedas imaginar. Eres muy importante para los que quedamos, y afortunadamente no quedó nada pendiente por decirte. Ahora dime, ¿cómo se “vive” por allá?
-Yo también los extraño muchísimo, pero yo si puedo verlos cuando quiera. Es una especie de fortuna que se me otorga aquí, por lo que nunca estoy muy lejos de ustedes. Por acá todavía no me acostumbro, pero tampoco puedo negar que hay tranquilidad, mucha paz. Hay algunos trámites administrativos en los que hay qué colaborar: ingresos, mantenimiento de cupos y hasta transferencias al “sótano” por falsa identidad o hipocresía crónica.
Si te imaginaras. Llega gente que no debía llegar, mientras que seguimos esperando a algunos que han burlado la voluntad divina muy hábilmente, valiéndose de la asistencia a misa cada domingo, o haciendo sus oraciones postizas cada cierto tiempo. Hay miembros que dejaron muchas cosas pendientes abajo y sólo se dedican a ayudar desde lejos.
-Pero, ¿y la justicia, la tranquilidad?
-Bueno, todo es relativo, incluso aquí. A pesar de que “el jefe” es infinitamente justo, debe delegar muchas tareas a los que llegamos luego, que, a decir verdad, seguimos pensando como humanos sin entender el nuevo privilegio.
El problema parece seguir siendo que aquí no hay una disciplina uniforme. No hay procedimientos exactos ni obligatorios. Aún existe la dificultad que brinda la voluntad propia y hasta la testarudez propia. Todavía aquí se leen constantemente las reglas (y con semejante jefe, se cumplen mucho más que allá abajo), pero siempre hay algo que hace de este, un buen sitio, aunque no libre totalmente de las equivocaciones, de los errores del ser humano.
Seguimos siendo imperfectos. Seguimos siendo la obra imperfecta del mismo autor, siempre susceptibles de perfeccionamiento. No hay mucha diferencia con la vida… tan lamentablemente como antes… tan maravillosamente mejorables como siempre.

jueves, 18 de julio de 2013

Mi vecino, el asesino


Todos se sorprendieron de ver que yo sacara ese cuchillo en plena reunión, aunque lo hiciera en defensa propia. “¡Yo sabía esa vaina, maldito loco!”, le grité mientras me acercaba de espaldas a la pared.
Yo sabía que mi vecino manifestaba cierta peligrosidad al saludar intermitemente, cuando salía de repente desde detrás de alguna columna del condominio sin decir palabra alguna; al escrutar a los pasantes cuando regresaban de sus trabajos desde un lado de las escaleras.
Sin embargo, decidí aceptar la invitación a la reunión a su apartamento, en el piso de arriba, exactamente encima de donde vivía, aunque al principio de pensar creí que me haría el loco y dejaría de ir a última hora.
Siempre había existido mi parecer de que el vecino se traía algo entre manos. Los extraños sonidos en la madrugada, los gemidos y gritos sordos, los muebles rodados y los golpeteos en momentos inadecuados para armar parapetos de predecible naturaleza retorcida, me hacían presumir de su salud mental.
Y ahí estaba yo, con un cuchillo cuadrado de picar carne, en medio de la sala poblada de vecinos y amigos del loco. Ignacio, el vecino, blandía un pica-papas seguramente usado en reuniones del pasado, dadas las manchas marrones rojizas de pellejo de otros seres, de guindochos de tejidos ya secos de los que no quitaba yo la mirada aterrorizada, pero bien resuelto a salir vivo de todo aquello.
-¿Qué te pasa vecino? - preguntó con su sonrisita de sicópata.
Yo, que casi no escuché nada, me movía sigilosamente alrededor de la mesa de sala que servía de eje de la lucha encarnizada por venir. La presidenta del condominio y la administradora del estacionamiento; la conserje y la chismosa del 5; el culito del 7 y el baboso de planta baja... apartándose y acomodándose con cierto temblor, y aún sin querer retirarse, todos miraban con placer disimulado la contienda inminente. 

sábado, 20 de abril de 2013

Aparición destructora


Era pura paja eso de mi tan cacareado autocontrol. Era una mentira urdida durante años y que se susurraba cada vez que una adorable mujer se acercaba a buscar pleito carnal. Yo ya despreciaba eso dejarme llevar como un pez anzolado por cualquier chica que apareciese durante mi adolescencia. Ya resultaba suficiente con los enredos y dolores de cabeza y corazón en los que me metí de joven como para seguir así toda la vida. Lectura, reflexión y preparación efectivas. Todo estaba bien, bien acorazado, bien garantizado.

Pero tú no estabas prevista. Entraste con todo ese maquillaje, esa faldita y ese escote con el cuerpo de baile de esa noche… y qué cuerpo era. Tus gestos para la coreografía iban tumbando mis defensas como si fuesen dientes flojos. La fugacidad de tu mirada rasante sobre mí bastó para abrir mis labios y quedar como el pendejo oculto que traía en la maleta.

No era esto lo que quería, pero qué coño. No supuse que el escenario de mis días de paz y tranquilidad se descalabraría de esta manera. Me supe  embustero, falso. Me sorprendí hablando paja de mundos interiores que bastaban para el resto de la vida. Ahí estaba yo, como juez severo, y a la vez, y como el tonto de la noche, sin poder quitarte los ojos de encima, sin poder articular plan de acción.

Mis años de avance se borraron y ahora me fijaba en una mujer de quien no conocía nada y que nada bueno me podría traer, dada la manera como se movía y besuqueaba a los del público. Terrible despertar en la noche, entre música de pinga, entre mis panas del alma.

Salí corriendo del sitio y aquí estoy, temblando, días después, tratando de armar algo de lo que había antes, algo con sentido llevadero, urgentemente, antes de encontrarte de nuevo en la calle y ofrecerte mis tesoros más escondidos.

viernes, 25 de enero de 2013

Yoga para damas


Había comenzado la clase de yoga para embarazadas y decidí sentarme a observar, aprovechando el día soleado y la frescura que dejaba el verde del parque. “Inhala, retén, y tocando la punta de los pies con los dedos, 1, 2, 3, calentando los tendones, exhala...”. La voz excesivamente suave de la mujer al frente de la clase no lograba sino apaciguar las tensiones de los asistentes, que entre respiraciones comedidas, sin apuro alguno, dejaban su costra de ciudad demolida en el césped.

-¿Es esta la clase de yoga para embarazadas? - preguntó una chica que entraba apurada al área de los bancos donde me encontraba.
-Parece que sí -le respondí-, a pesar de que hay tres caballeros.

La chica se mostró un tanto dubitativa en integrarse al grupo, e insistió:

- Pero yo no estoy embarazada -dijo con la ceja levantada.
- Pues diga que tiene tres semanas -le indiqué con picardía.

Un minuto más tarde, la recién llegada estaba en medio de los ejercicios.
“Inhala, sube los brazos como queriendo alcanzar una nube: 1, 2, 3, 4... exhala mientras doblas las rodillas suavemente... 1, 2, 3. Inhala...”
La instructora, que no lucía embarazada, movía sus extremidades mientras sus ojos las seguían en una armonía de ballet. De repente, la dama de mediana edad comenzó a cambiar un tanto su semblante, y dijo, en medio de su danza:

- Hasta aquí los ejercicios para embarazadas, pero para quienes no están cansadas todavía, tenemos yoga para mujeres recién dadas a luz -y cerrando los ojos prosiguió su cadencia de cuerpo y habla:
- Inhala... el niño ha dejado el vientre, 1, 2, 3, exhala. El niño llora, pero el amor sin medida de una madre se encargará. Inhala... de verdad que no se calla... qué ladilla, 1, 2, 3... exhala, mientras sientes que mereces algo mejor que este encierro... relaja...

A pesar de que la voz conservaba su docilidad, el rostro de la mujer se iba endureciendo a medida que avanzaba la clase, pasando inadvertidamente de un tema a otro.

- Adopta una posición recta, firme, incólume. Inhala, 1, 2, 3... Siente que eres una profesional, una mujer de armas tomar, un ser independiente que no necesita muletas en la vida.

Los ojos marrones de aquella dama miraban al cielo, entre los árboles, como buscando un blanco para pegarle con todas sus fuerzas vitales.

- Inhala, aprieta los puños y colócate en posición de ataque, 1, 2, 3. Exhala y trata de olvidar que el perro ese se fijó en otra y no te da las atenciones que te prometió al principio. Inhala y exhala rápido, para evitar que se te escape... exhala.

La audiencia comenzó a detener su danza de pretendida tranquilidad, de relajación y limpieza introspectiva a medida que la instructora desarrollaba esta etapa errática de su programa. Algunos todavía la seguían, sin dejar de advertir las posiciones ya marciales de la señora, porque “para algo vinimos”.

- Inhala como puedas, 1, 2, 3... piensa que puedes rehacer tu vida, que eres todavía linda e interesante... exhala. Levanta la punta del pié, y con una gran inhalación, dale una patada por el trasero al mundo, porque no vale la pena, porque es todo una basura... ¡EXHALA, COÑO!